¨Total así somos los humanos, prescindibles, en tanto que la vida sigue…¨
Es el claror dominical luego de la noche de anoche, de torrencial lluvia, de relámpagos y truenos, de incertidumbre y terror para el pobre abandonado de los lujos palaciegos que vive en la ladera agreste, de estridor de minúsculas ranitas en mi jardín invitándose las unas a las otras, en su elemento, a la cohabitación del amor eterno. Bajo el telón grisáceo de la noche de anoche no podía uno adivinar la maravilla del firmamento. Puedo ahora ver las estrellas que adornan el cielo de Caracas, la ursa minor, el lucero de la mañana y la menguante de la media luna cristiana que no la turca, invitando a las raíces a sacar el mejor provecho de la tierra generosa, convidando a los jardineros a podar las ramas redundantes para que se renueve la vida, porque hay que quitar lo que ya no sirve, tal como se eliminan los engaños a los más vulnerables, para que fluya la savia elaborada libertadora.
Como cada año, por agosto, por los lados de la constelación de Perseo llega la lluvia de meteoros denominada las Perseidas, nacido de la lluvia de oro con la que Zeus embarazó a Dánae y mejor conocidas como las Lágrimas de San Lorenzo; sé que están allí, pero la agudeza de mis ojos no alcanza a verlas y nunca he sido proficiente con los telescopios; así se comportan las realidades, presentes pero muchas veces invisibles a nuestros ojos, en tantas ocasiones insensibles a nuestra molicie.
Los gallos de La Castellana –donde vivo- siempre insomnes se hacen más kikiriqueros, las guacharacas hablan, no se escuchan, gritan ininteligibles palabras vulgares como diputados de la asamblea nacional y bandadas de loros reales surcan el espacio con sus graznidos penetrantes y hablachentos ignorando las penas y la vida tormentosa de los caraqueños de abajo. Una vida alegre y plena por arriba y otra triste y contrita por abajo se contrastan… Total así somos los humanos, prescindibles, en tanto que la vida sigue…
Miro desde mi casa y mi vista choca contra las faldas del Cerro Ávila así designado desde 1778 hasta que en mayo de 2011 su nombre fuera trasmutado a su gracia originaria en lengua caribe, warairarepano, con el significado de «sierra grande», aunque prefiero la creencia de otros traductores con la connotación de ¨lugar de las dantas¨. Rememoración de la Hacienda Buena Vista, ubicada en el sector Palmar del Picacho de Galipán, que fuera también refugio de mi admirado doctor Kanoche y su famosa e inédita fórmula embalsamadora que tanto miedo infundía a los desamparados agonizantes del Hospital San Juan de Dios por los predios de La Guaira.
Y en sucesión de recuerdos y asociaciones, tal cual Pedro Ochoa lo hacía en el Hospital Vargas de Caracas de mis años de residente, cuya cara deforme por la patada que una mula le infligiera cuando aún era un infante –se decía-, un contundente traumatismo deformante que parecía ligar con su oficio de mozo de la sala de autopsias, sitio tomado por espeluznante y lúgubre, impregnado de formol y lágrimas a lo juro, ánimas en pena arremolinadas en el éter sobre las frías mesas de Morgagni donde yacen los cadáveres para ser escrutados, culpando quién sabe a quién de su muerte injusta; la cara hundida, las cuencas de los ojos dislocadas verticalmente, la nariz despaturrada, la frente amplia y acanalada, el cabello rizado tirado hacia atrás, un caminar inclinado golpeando el suelo con aquellos grandes zapatones… Pero su atemorizante aspecto escondía al hombre bueno que era, creíble y fiel. De puro mirar atento y fino había aprendido mucho del oficio de sus jefes…
Me contaba con sonrisa de lejano afecto mi finado maestro, el académico doctor Blas Bruni Celli (1925-2013), mi maestro que cuando tenían dudas acerca el origen de esa inflamación de la aorta torácica llamada aortitis, frecuente en aquellos tiempos sin penicilina, si se discutía que la lesión era propia de una infección, de un terciarismo sifilítico o de otro origen, usualmente le invitaban para que diera su opinión; tímido y renuente se acercaba, veía con sus ojos dislocados pero no ciegos y su respuesta lacónica con un batir de cabeza, un sí o un no, usualmente era la acertada… Los pacientes de las salas, inmisericordes como suelen ser con sus condenados compañeros de miserias, galeotes en la nave del olvido que son las salas hospitalarias, cuando veían un enfermo que evolucionaba mal, que había tomado el camino de la horizontalidad definitiva le decían para sacudirlo: –¨Ponte mosca cama 13, mira que por ahí anda Pedro Ochoa…¨.
El domingo es el esparcimiento del alma, el ansiado oasis dentro de lo podría ser una semana de tensiones y carreras, de bregar con los dolores de otros que resultan siendo, aunque no lo crean, los mismos nuestros. El domingo es el día de caminar o trotar en la Cota Mil, fino y saludable regalo a Caracas de Charles Brewer, el odontólogo, el ministro devenido en osado explorador: oír el trinar de pájaros, el rumor de arroyos cantarinos a diario ensordecidos por el bramar de la máquina, contagiarse del jadeo sudoroso de trotadores de breve vestimenta a fullchola cuesta arriba y rueda libre en la bajada, ciclistas dándole duro y turnándose en la hilera para guardar aliento, y desafiantes patineteros lanzados por una pendiente de un kilómetro entre Altamira y la Castellana, experimentando todos la salutífera inundación de endorfinas, regalos de Dios similares al opio y la marihuana, hormonas de la felicidad:
Me confieso un adicto a mis propias drogas, adiós tristeza, adiós ansiedad, bienvenida la distensión; es mi exclusiva venganza arrebatar a la furia automotriz sus predios de vespertinas colas estresantes, sentir el aire puro sin el humo asfixiante e irritante cargado de ozono y otros efluvios que la revolución ladrona quiere imponer en el aeropuerto de Maiquetía, y de escaparme de la locura colectiva en medio de la lentitud del véspero cuando nuestro cuerpo fatigado solo pide reposo, un poquito de consideración…
Muchas veces anhelamos una jubilación porque nos fastidiamos de lo que hacemos, porque no soportamos más el clima de humillante persecución desde el ministerio revolucionario de manos acomplejadas e ignorancia supina, porque ya queremos ¨descansar¨: ¡mar de sargazos!, diría yo. Imagino que todos los días fueran domingo… ¡Qué aburrimiento, qué tedio…! Por eso Dios creó el domingo para descansar, y no dijo que todos los días fueran domingos ni que el descanso fuera tirarse en un sofá, beber cerveza y comer pizza… El domingo, ese que se espera con anhelo, debe darse dosificado, un solo día a la semana; más de ello significa tristeza, depresión, no saber a dónde ir ni qué hacer, morir de pena sin estar enfermo… Así que, si piensa retirarse, planifique su vida para que sea productiva en esos días en que el abuso de domingos puede llevarle al descanso eterno con un prólogo de sufrimiento y melancolía, pues hay que morir con la necesaria dignidad y con las botas bien puestas…
Los invito pues a la Cota Mil, a subir el cerro Ávila y tener moderación al descender… a irse a la calle o a la plaza con la protección de otros caminadores a su lado, a no permitir que el régimen que nos sojuzga nos venza. Pero…, nunca hagan como aquél paciente mío a quien aconsejé caminara en el Paseo de los Próceres cercano a su casa, sugiriéndole se cuidara. Lo hizo con religiosidad y ¨cuidándose¨: así, que un día trotando con un arma en el cinto, se tropezó con otro corredor que venía en sentido contrario y pasados algunos segundos de latencia, se llevó la mano al bolsillo trasero para percatarse de que su cartera, ¡Ya no estaba! Colérico, se devolvió corriendo detrás del perpetrador y sacando su arma le disparó varias veces, errando todos los disparos pues es difícil accionar el arma trotando y jadeando, y sólo el Llanero Solitario acertaba en esas circunstancias; el otro como alma que lleva el diablo aceleró el paso y se perdió entre la multitud…
Luego, el regreso a casa vencido, aún muy enojado, lívido, descompuesto y sin cartera; su esposa que le pregunta qué le ocurrió y porqué venía en tan lamentable estado, él que le cuenta y ella que le riposta… ¨Mi amor… si dejaste la cartera sobre la cama…¨.