Era una de esas tardes de viernes que parecen tan cortas quizá olfateando la llegada del sábado o domingo, para luego volver al lunes, el día más largo de la semana. Serían cerca de las 4.00 de la tarde en la Neuro-Ophthalmology Unit de la Universidad de California en San Francisco, la semana había estado muy movida, muchos pacientes de cuadros clínicos complejos pero motivantes; la cabeza tensa de tanta nueva información, sin embargo todo parecía haberse detenido aquella tarde y el ambiente era seco y desagradable; la calefacción le daba un carácter artificial, un aire áspero y seco, y solo esperaba algunos minutos para irme a casa; ya todos mis compañeros se habían ido desde temprano, tenían programas para hacer turismo. Yo, ni pensarlo… yo no había ido a hacer turismo, tenía una misión muy mía, autoimpuesta, en la madurez de mis cuarenta años, había ido a estudiar y aprender para cosechar y traer al terruño, y cada día me maravillaba con algún nuevo conocimiento para mi acervo e ideaba cómo lo compartiría a mi regreso. La lectura se me hacía pesada; estaba tapado del cerebro…
William Hoyt, mi maestro daba vueltas alrededor de su maletín abierto como solía mantenerlo, casi que sin nada adentro, como esperando que yo me fuera para irse él tras de mí rumbo al Golden Gate Bridge y a su hermosa casa en Sausalito donde vivía… ¿Por donde me iría yo?, ¿tomaría la autopista 101 o la 280? ¿Cuál sería más hermosa a esa hora del atardecer con el sol poniente tras mis hombros…? Graciela y mis tres hijos me estarían esperando…
Fui despertado de mis cavilaciones cuando un trío muy elegante tocó a la puerta abierta de la oficina excusándose por venir sin cita. Habían volado desde Las Vegas en su jet particular y el piloto que hacía también de cicerone traía a la diestra gruesos sobres portadores de numerosas radiografías.
Él de unos sesenta, con canas en las sienes, alto y fornido, muy bien plantado y vestido y ella, quizá de la misma edad, pero, su facies traslucía enorme sufrimiento, rubia, muy linda, con apenas marcas del bisturí del cirujano plástico y un largo abrigo plateado muy fino –yo no sabía si era de visón, zorro o nutria, lo que sí pude apreciar era que no se trataba de astracán nonato-. Mi hija Chelita años más tarde estaría coqueteando con PETA, People for the Ethical Treatment of Animals (o Personas por la Ética en el Trato de los Animales), una asociación que condena el empleo de pieles de animales por lo que ya todas estas gentes famosas no las usan más, sino imitaciones o pieles sintéticas extremadamente caras y muy finas.
Ante aquél rostro suplicante, a Hoyt no le quedó otra opción que tomarla como paciente. Se sentó frente a ella y le pidió le contara su problema que no era sino una neuralgia atípica del trigémino de las dos ramas superiores del lado derecho cuyo carácter describía como quemante, pero además y más significativo, como si minúsculos insectos caminaran bajo su piel especialmente durante la noche, llevándola por la calle de la amargura pues era resistente a los analgésicos entonces conocidos incluyendo opioides. Había sido vista por luminarias de la medicina interna, neurología y neurocirugía de las costas atlántica y pacífica de Norteamérica y no tenía un diagnóstico a pesar de numerosas pruebas y estudios radiológicos. Ocurría pues al oráculo de la ciencia difícil, a la Meca de la neurooftalmología norteamericana: Bill Hoyt, el de San Francisco.
Luego de un rápido examen que incluyó aquello necesario, la sensibilidad corneal y de la cara y el examen de algunos nervios craneales, le dijo que él sabía la razón de su dolor pero que era necesario realizarle una tomografía computarizada cerebral con un nuevo tomógrafo prototipo General Electric de alta resolución que recién estrenaba el hospital. Ella reclamó el por qué no revisaba los estudios ya practicados y que traía. Él le replicó displicente, pero con suavidad, que la información que necesitaba no estaba allí, en ese ¨x-ray´bunch¨, o vulgar bojote…
Llamó a radiología y siendo muy temido y respetado le dijeron que la enviara de inmediato. Fui comisionado para que me asegurara que se realizaran secciones de 0.5 mm del área adyacente a la silla turca en proyecciones axiales y coronales, y para que una vez en la mesa radiológica, garantizara de que su cabeza estuviera bien posicionada porque la perfecta simetría suele ser capital en este tipo de exámenes… Por cierto técnicos y fellows del área solían vernos a mis compañeros y a mí como entrometidos y debíamos soportar su trato indiferente y disgustado…
Saliendo hacia el ascensor con la señora y su marido, me dijo en voz baja, ¨Remember me Raffe, Geoffrey Jefferson, The Bowman Lecture, 1953¨. Cumplí mi misión. Una vez concluido el estudio le llamé para que bajara a evaluar las imágenes en la consola adyacente al tomógrafo. Allí estuvo moviendo botones, pasando imágenes y rotando una bola que cambiaba los tonos de gris y haciendo aparente al criminal aquel que agazapado y burlón había confundido a anteriores tratantes. Y allí estaba el culpable, donde él había anticipado: una pequeña asimetría, un pequeño bulto, un tumor en el seno cavernoso derecho. Necesitaría de una biopsia para conocer su índole y muy probablemente radioterapia. Se despidió amablemente del trío deseándole la mejor suerte y pidiéndole que le mantuviesen informado. Cuando le pregunté por Jefferson, solo me contestó secamente,
-¨Baje al basement y allí encontrará la información…¨.
Como es lo usual en centros desarrollados la fabulosa biblioteca estaba abierta hasta avanzada la noche, encontré el ansiado trabajo: Jefferson G. The Bowman Lecture. Concercinig injuries, aneurysms and tumors involving the cavernous sinus. Tr Ophthalmol Soc 1953;73:117. Allí pude leer en diáfano lenguaje…,
¨La presencia de dolor continuo, de carácter disestésico en una de las tres divisiones del trigémino es contundente evidencia de una infiltración de los nervios por células neoplásicas… quemante, con punzadas intermitentes, irredento, a veces asociado con disestesias que evocan la sensación de insectos reptando bajo la piel… Sólo mejora cuando se ha perdido toda sensibilidad en el área¨. En sus palabras, Jefferson lo definía como ¨clamoroso¨ y decía que ¨suplicaba por su urgente alivio¨…, y tal era el caso.
No otra cosa que la queja de la paciente. De vuelta a su lugar de origen, una biopsia mostró un tumor maligno de terrible talante, un carcinoma adenoideo quístico, que ama los nervios para diseminarse, entonces y ahora con muy pobre respuesta al tratamiento y muerte segura en pocos meses.
A Hoyt le bastó ¨escuchar al artero tumor hablar por boca de la paciente…¨; pudo reconocer y recordar en el momento preciso cada palabra de la lúcida descripción de Jefferson para ir directamente y sin cortapisas adonde emanaba la queja. Bien asentaba Sherlock Holmes en el ¨Misterio del Valle de Boscombe¨, que ¨la singularidad es casi invariablemente una pista¨. Por su parte, Wilfred Trotter (1872-1939), cirujano y demostrador anatómico hasta el año 1906, cuando ingresó en la plantilla del University College Hospital de Londres, nos recuerda tal como en nuestra anécdota, que, ¨La enfermedad a menudo revela sus secretos en un paréntesis casual¨, ese que precisamente me deslumbró en aquella tarde tediosa y pacífica del Moffitt Hospital…
Llegué a casa cerca de las 9.00 pm sintiéndome culpable por mi tardanza para recibir la acre queja de Graciela y de mis hijos sin encontrar una excusa que les satisficiera, pero una vez más impresionado por la erudición de Hoyt y aquel manejo maestro del diálogo exploratorio con sentido, del diálogo diagnóstico que aclara dudas, el de la disección de la queja en acción…
Salvando las insondables distancias que separaban y aun separan su ciencia de la mía, teníamos mucho en común: la pasión por la búsqueda de la verdad del paciente que no del médico como paso principalísimo de esa hermosa relación entre un médico y su paciente: compromiso, compañía y empatía…
Ya de vuelta a Caracas, también he tenido yo una paciente mía de 33 años que ocurrió a mi consultorio con similar queja de dolor disestésico trigeminal; usada y abusada durante cuatro meses, distraída y confundida por médicos alópatas, homeópatas, y el ying y el yang, entre infundadas sospechas de migraña, miastenia ocular, disfunción temporomaxilar, ojo seco, mal oclusión dentaria, aneurisma, y que llevaba un fardo de exámenes con peso de 1.900 kg donde ella había colectado cuidadosamente sus exámenes que atestiguaban ignorancia y falta de empatía, pero a través de ellos, pude recomponer su historia clínica y el prontuario del agresor…
Ninguno de los tratantes había reconocido en su dolor disestésico ¨el síntoma señal¨, es decir, aquel que sin dudas evoca una pista hacia el diagnóstico positivo, ese mismo indicado por la disestesia distintiva de ¨insectos reptando y comiendo bajo la piel de su cara…¨, tal como el arador de la sarna…
Son anécdotas vividas con intensidad que espero motiven a mis alumnos y a aquellos que no lo son enseñándoles lecciones de medicina y humanismo…
Se ha dicho que los hombres somos hacedores de palabras y usadores de palabras; usa palabras para comunicarse y hacerse entender, usa símbolos cuyo común denominador debe ser comunicar con claridad y precisión sus observaciones en derredor del enfermo. La comunicación clara, detallada y rápida es parte vital de la solución del problema médico debiendo hacerse con consistencia, modestia y pasión, como aconsejara el sin par Iván Petrovich Pávlov (1849-1936).
Quien es capaz de todo esto, debe hablar siempre con el claro, sencillo y amable lenguaje de los grandes hombres de ciencia mediante el diálogo exploratorio –llámelo anamnesis si quiere-, brújula con la que el clínico navega en los mares misteriosos y procelosos de la enfermedad.
¡Cuántas historias que los médicos
presenciamos en el escenario de la vida profesional: comedias, tragedias y
tragicomedias! ¿Qué otra profesión permite ese privilegio y ese compromiso? Los
médicos somos espectadores de la vida; la arista dramática del existir no nos
es para nada extraña; hasta podría decirse que nos persigue, pero a veces
invidentes, pasamos de un costado, ignorándola. A lo largo nuestro ejercicio
profesional, muchos médicos hemos observado tal vez con gran interés, con
malicia o con desdén, hechos inusuales, extraños, curiosos, risibles e
inclusive grotescos o extravagantes, que, por carecer del rigor científico que
se nos exige al publicarlos, por su contenido o su crudeza, pocas veces son
compartidos con otros colegas y el público general. A veces porque el lenguaje
utilizado no es el socialmente aceptado, o porque los hechos tocan tabúes
sociales, o simplemente porque pensamos que no interese a nadie lo que hemos
vivido… Cuántas gracias damos a la vida por permitirnos haber estado allí,
viviendo entre esa multitud de aporreados, vapuleados y machucados por la
crueldad de la enfermedad y el desafecto de los gobernantes que el sino les ha
procurado, y al mismo tiempo accediendo a tesoros que a otros están vedados.
Así pues, que escribo con profunda nostalgia… De tiempos que se han ido y ya nunca más volverán… De cuando ciertas enfermedades tenían glamour a pesar del sufrimiento que imaginamos producían sin que los médicos aventuráramos un bálsamo redentor o al menos una pizca de esperanza… De cuando como estudiantes de medicina y nos poseía la ingenuidad y la pureza, podíamos acaso intuir cómo las emociones podían jugar un papel preminente en el curso evolutivo de algunas enfermedades, por no decir de todas… La gente común, más ingenua y pura, no tenían ambages para atribuir una enfermedad a una pena del alma, esa que no hacía clic con nuestra fría concepción anatómica y fisiopatológica del ser humano. ¡Pobrecitos nosotros…! ¡Como que el ser humano es un compendio divino y amalgamado de carne, alma y emociones interactuando con el medio externo donde acumulamos calendarios! El tuberculoso o tísico de ayer o de sus sinonimias, consunción, enteque seco, tisis, tabes, peste blanca o adenitis cervical, era el pan nuestro de cada día a fines del siglo XIX y durante la primera parte del siglo XX, y sabido era que el diagnóstico era tomado como sentencia de muerte porque nada existía para efectivamente combatirla, y que el acerado filo de la guadaña podía cercenar de un tajo la existencia del afectado, especialmente si se abandonaba a la desesperanza, y muchos relatos de profanos y médicos atestiguaban como las pérdidas afectivas y aun materiales, espoleaban ese tránsito inmisericorde hacia la tierra de nunca jamás donde intuimos, volveremos a la eterna infancia…
Inspirado en la vida de la cortesana Marie Duplessis quien falleciera víctima de la consunción a los 23 años, Alejando Dumas II, escribió su inmortal novela, ¨La dama de las camelias¨, donde Marguerite Gautier, una joven actriz de vida hasta entonces disoluta, cambia radicalmente de comportamiento en favor del amor de Armand Duval. El padre de éste, temiendo el desprestigio social de su hijo se opone a toda relación. Marguerite, tratando de preservar el buen nombre de su amado le finge deslealtad para precipitar su abandono. Armand la recrimina y el shock resultante, combinado con la tisis pulmonar que la poseía toda, destruye su estima y sus fuerzas, así que sucumbe prontamente ante el desatado poder del invisible enemigo que la socavaba…
Las jóvenes tuberculosas adelgazadas, de mirada lánguida y cutis alabastrino parecían ejercer un gran magnetismo entre los estudiantes de medicina que éramos entonces, muy arregladitos, bien peinados, con menudo bigote y vistiendo corbatas tal vez para parecer más serios, más viejos o más sapientes en tiempos en que todavía manteníamos el romanticismo innato de las almas castas… Enamorarse de una de estas jóvenes, era como un flirteo con ¨la novia pálida¨ de Martí Ibáñez, es decir, con la muerte misma… El parecido de estas enfermas con aquellas otras que sufrían de ¨mal de amores¨ era cercana y a menudo se confundían, aunque estas exhibían una polimorfa sintomatología que incluía, desgana de hacer nada excepto pasarse el tiempo tendida en un diván, un lecho o una butaca con almohadas, en posiciones que variaban desde recostar la cabeza a cambiar de postura continuamente, tristeza, inapetencia, ganas frecuentes de llorar, languidez, palidez del semblante y de los labios, dolores de cabeza, falta de la alegría de vivir, de cantar, de trajinar en la casa, de hacer o emprender cualquier tarea por pequeña que fuese, y así, se dejaban morir lentamente…
Con relación a la mujer, es obvia la discriminación de sexos que ha mostrado la medicina y los médicos a lo largo de los tiempos, y la descripción de enfermedades en razón de la secular envidia por todo lo que ella tiene, y por todo de lo que nosotros, los hombres, carecernos. Se la ha considerado frágil, desprotegida, débil y de genitalidad limitada porque carece de un falo. ¿Qué más apropiado que inventar la histeria cuyo nombre viene precisamente de útero si la mujer es la enfermedad misma? Aún persiste este estado de cosas y aunque la enfermedad emocional existe en los hombres, nos cuidamos de decirles que sus molestias obedecen a los nervios o a causas psicosomáticas.
Echemos entonces una ojeada al pasado: Existe una muy curiosa obra intitulada, «Le médecin de l’amour au temps de Marivaux» (Etudes sur Boissier de Sauvages, d’après des documents inédits», Paris, Masson, 1896), escrita por un tal doctor Grasset y que es la biografía de François Boissier de Sauvages, un famoso médico de Montpellier, que vivió en el siglo XVIII, quien era llamado «médico del amor». Fue un gran botánico, clínico eminente y gran profesor, amigo de Herman Boeerhave de la Universidad de Leiden y de Carlos Linneo, naturalista sueco y padre de la taxonomía. En 1724, presentó su tesis doctoral titulada: «Disertatio medica ataque ludrica de amore, etc.» en la que alterna las opiniones sobre el amor de los antiguos poetas con notables consideraciones científicas.
Henry Meige (1866–1940), el neurólogo de los tics mandibulares y
periorales, le ha considerado como precursor de los psicólogos modernos con su
concepto de «mal de amor» que identificaba como una serie de trastornos
psicofisiológicos que, hilados entre sí, constituían un verdadero síndrome, una
afección mórbida de la que estudia su etiología, sintomatología,
complicaciones, patogenia, diagnóstico y terapéutica. Desde un punto de vista
patológico equiparaba su definición del amor con una «enfermedad que se
presenta entre los jóvenes de ambos sexos, con delirio en relación con el
objeto amado y un vivo deseo de unión íntima honesta». Ese
«delirio» sería una forma psicopática especial, en la que existen una
serie de síntomas psíquicos y otros físicos. En escritos antiguos ya se hablaba
de una febris amatoria o icterus amantium como enfermedad
producida usualmente por amores contrariados. A veces las enfermedades son las
mismas pero los nombres y su sintomatología varían con los tiempos, por ello,
la clorosis fue otro nombre acuñado para esta condición, y así más tarde
Sauvages hablaría de una «clorosis por amor», que era definida como,
«anemia de la pubertad, espontánea, favorecida por una tara hereditaria de
alteraciones de la nutrición, bien latente o expresada por hipoplasias
orgánicas, anemia con pérdida de hemoglobina de tal intensidad que los glóbulos
rojos neoformados son incapaces de adquirir la resistencia y talla de los
glóbulos rojos normales». En muchas de mis pacientes adolescentes, este
color pálido-verdoso también fue denunciante de sobreprotección parental y la
mayoría de las veces con hematologías normales, por lo que la llamé ¨anemia
sine anemia¨. Pero el tiempo ha pasado, este tipo de enfermedad se ha
esfumado desde que la mujer se ha liberado de tabúes, entrado en la Internet y
aún en páginas de pornografía…
Hipócrates y Galeno ya hablaban de la críptica condición. Ambrosio Paré la aceptaba a pie juntillas. Avicena ya había mencionado la obstructio virginum, y Arquigenes, médico griego natural de Apamea (Siria), a la «febris alba«, «tristeza amorosa» o «pasión contrariada». El citado Meige cita a autores como Varandeus de Montpellier en 1620 que le dio el nombre de clorosis, Lafare Rivière, Sennert y otros que atribuían la patogenia de esta clorosis a trastornos menstruales. Durante los siglos XVII y XVIII otros nombres aparecen para definir la clorosis: «color pálido», «enfermedad virginal». La febris amatoria de los antiguos atribuye los síntomas en su mayor parte a trastornos del aparato genital: La retención de sangre en la matriz, los trastornos menstruales, la coloración verdosa de los tegumentos y los demás síntomas serían parte de la misma enfermedad.
Otros autores se contentan con llamar a la
enfermedad «melancolía», caracterizada por «ensueños acompañados
de tristeza» y que se atribuían a «perversión de los espíritus
animales», a vapores que se desprendían de todo el cuerpo, del corazón, de
los hipocondrios o de la matriz. La melancolía hipocondríaca y la
«melancolía de amor» tenían como fundamento una pasión desmedida por
el objeto amado, a menudo no correspondida. Se hablaba también de una
«melancolía uterina» que se atribuía a la obstrucción de los vasos
sanguíneos periuterinos, lo que provocaba la suspensión de la regla. Su grado
máximo era la «sofocación uterina», que se achacaba a la corrupción
de la sangre menstrual causa de vapores malignos que invadían todo el cuerpo.
Posteriormente hubo una época el siglo XIX
en que la palidez de la cara era considerada entre las mujeres como un signo de
distinción. Tanto era así que se utilizaban los procedimientos más originales
con el fin de lograr que su piel adquiriera el céreo matiz de la azucena: se tomaba
vinagre, se introducía la cara en el orificio del inodoro en la creencia que
los vapores que allí se desprendían descolorarían la tez, se privaban de comer
y alguna de ellas después de hacerlo se provocaban el vómito para evitar que
los alimentos ingeridos sirvieran para fabricar sangre nueva; era pues una
variante de lo que hoy día llamamos anorexia nervosa, bulimia o
bulimarexia. Fue precisamente ésa, la época romántica de la Dama de las
Camelias, en que desmayarse delante del pretendiente era una hazaña de muy
buen gusto y tener una tosecita imperceptible pero constante daba
espiritualidad y femineidad. Si en aquel tiempo una de las jovencitas se veía
atacada por la enfermedad llamada clorosis, consideraba el mal como un bien del
cielo que venía a resolver sus problemas, pues la clorosis confería a la piel
el tinte céreo tan deseado como en otros tiempos.
Fue así como la clorosis subproducto de la Moral Victoriana, se definió como una forma de anemia que se presentaba únicamente en las personas del sexo femenino y que escogía sus víctimas entre las jóvenes cuya edad oscilaba entre los 15 y 25 años. Fue conocida desde la antigüedad e Hipócrates observó que tenía predilección por las muchachas jóvenes y vírgenes. Se llegó a decir que «la mujer es una flor que se marchita con pasmosa rapidez, cuando de ella se apodera la clorosis¨. Enfermedad desaparecida al son del cine, la televisión y la Internet, demoledora de mitos y creadora de otros peores…
Pero todavía vemos en nuestras consultas,
fantasmas que parecen venidos del pasado, y una de ellas, una clorótica, una
paciente mía que en pleno siglo XX me llevó a relatar la siguiente historia:
«A decir verdad no aparentaba más de veinticinco aun cuando ya había rebasado en algo la cota del cuarto decenio. “¡Vaca chiquita siempre es novilla!” —dijera mi padre, libanés de nacimiento y llanero por adopción—. Crisálida Inmaculada Blanco me dijo llamarse. Figura desaborida y menuda, aplanchada por delante y por detrás, como si el estradiol — por excelencia la hormona de la femineidad que induce y mantiene los caracteres sexuales— no hubiera sido capaz de producirle redondeces y prominencias, y modelar con gracia y suavidad el contorno de su figura… Su cabello amarillo como la espiga del trigo, caía lacio sin gracia alguna o pizca de coquetería hasta la altura de sus hombros; diría mi madre, como ‘lambido de vaca’. La vestimenta le sobraba aquí y allá aparentando no ser suya, un afán —tal vez—, de ocultar cualquiera incipiente curva que atrajera las lascivas e indiscretas miradas masculinas.
Su cara de adolescente, pálida como el apio y salpicada de pecas como una cerámica de Lladró, siempre había sido la consternación de sus padres. Montones de análisis hematológicos atestiguaban que no había deficiencia de glóbulos rojos… ¡el laboratorio debía estar equivocado…!, ¡Es la “anemia sine anemia” que yo llamo, la que suele ir asida de la mano con la sobreprotección parental y es casi que un marcador de íntimo desamparo, a pesar de que las circunstancias externas parecieran contradecirlo… Y efectivamente, hija casi única, pues su hermanito mayor había nacido muerto, estrangulado por dos vueltas que alrededor de su cuello el cordón umbilical, la vía de asegurar su vida “in utero”, paradójicamente le había privado de ella… Así pues ¡que a esta no habrían de perderla! Mimos en su infancia le fueron dispensados en demasía. Las piedras del camino de su incipiente vida, esas que causan el dolor y las frustraciones que templan el carácter, le fueron retiradas, una a una, así que no supo de tropiezos o deseos no satisfechos en el término de la distancia.
Sus nombres de pila parecían haberle sido puestos —a lo mejor, en forma inconsciente— con el soterraño propósito de que no creciera más allá de la etapa de ninfa, de que no alzara el vuelo caprichoso y coqueto de la mariposa adulta, para que la vida “no le hiciera sufrir” las penas de los desaciertos e insatisfacciones del paso hacia la adultez independiente. De hecho, los abundosos halagos le habían atrofiado también su esencia de mujer, castrándole sus deseos sexuales, transformándola en un ser frígido y asexuado. Sufría, y sufría mucho… pero no sabía dónde. No más al vistazo ello podía apreciarse. Su frente, surcada de prematuras arrugas, mostraba un repliegue de piel en el entrecejo semejante a una omega, la letra griega, y considerada por los antiguos —expertos en eso del decir de la expresión— como la señal facial del desconsuelo: “la omega melancólica…”. Y es que el amor y las caricias, alimentos indispensables para el ser humano, son también armas de doble filo. Una planta puede morir si no se le riega; ¡Ah…! pero igualmente, puede fenecer por exceso de agua. A Crisálida le habían aguachinado las raíces de tanto regarla y regarla… Un morro inexpugnable había sustituido a las piedritas que otrora molestaran su camino ¡Qué contradicción!
La conocí como paciente luego que su embrionario matrimonio abortó en divorcio… Un niño tan sólo había quedado de una relación íntima, única, incompleta y ‘horrible’, que le produjo profunda rabia y asco hacia quien había escogido, a lo peor, como compañerito de juegos. El timbre de su voz, su afectación al hablar y las expresiones que a menudo empleaba, parecían haberse quedado ancladas a sus días de adolescente. Sus amigas de entonces, hoy señoras con hijos, seguían siendo “la niña aquella…” pues los años, simplemente, no habían pasado. -“Desde hace un año vienen dándome unos «yeyos» que me hacen hasta perder el sentido… ¡Qué pena venir a molestarlo Doctor… me muero…! El primero me ocurrió de casada, cuando las relaciones andaban muy mal. Sucedió en un restaurante. Había mucha gente, calor, bulla y humo de cigarrillo. Mi ‘ex’ insistió en que tomara algún aperitivo. Apenas si probé un vermú preparado. Comenzó como algo indescriptible: Me sentía mal, como mareada, el corazón me latía con fuerza y las manos y la boca comenzaron a adormecerse y llenárseme de hormiguillos, me faltaba el aire, la vista se me nubló y se me fue el mundo… Dicen que me fui de rollito al suelo, pálida, muy fría y sudando a mares. Un joven, vecino de nuestra mesa y según él entendido en medicina, saltó sobre mí dándome respiración artificial y masaje cardíaco, pues ‘no tenía pulso y debía ser un paro cardíaco…’ .
Todo aquel zaperoco duró algunos minutos, pero ¡muérase doctor!, a mí me parecieron siglos. Yo podía ver a las personas a mí alrededor como al través de un vidrio empañado y las voces las percibía lejanas y apagadas. Trataba de hablar y no podía. Finalmente me llevaron a una clínica donde el dictamen final fue un episodio de ‘baja de tensión y… tres costillas fracturadas’, producto de los cuidados del buen samaritano y su caótico masaje. Luego, he seguido presentando las morideras con mucha frecuencia. Me han visto numerosos doctores y me han hecho toda esta cantidad de exámenes y radiografías que quiero revise, pues me han dicho que están normales y si así fuera, ¿por qué me siento tan mal…? Me dicen que son mis nervios alterados… ¡Usted es mi última carta doctor, estoy segura de que usted podrá ayudarme! ¿Estaré tuberculosa o será el producto de alferecía? Así, más o menos se expresó la Crisálida, aún encerrada en su capullo…
Procedimos a examinarla: Su cuerpo era tan delgado que podían contarse las costillas sin mucho esfuerzo, producto de su sempiterna inapetencia -¡aún por la vida!— Aunque muy pálida en su conjunto, las conjuntivas de sus párpados y la mucosa oral estaban bien coloreadas, evidenciando la ausencia de anemia. Noté un agnusdéi pendiendo de su cuello. Al abrirlo, pude ver una pequeña foto sepia de cuando era tan sólo una bebé…
La frialdad de su cuerpo, particularmente
de sus pies y manos, era impresionante y contagiosa poniéndole a uno la carne
de gallina. Su piel era suave, delgada, casi transparente, surcada por un
veteado rojo-azulado, lo que llamamos los médicos lívedo reticularis o
cutis marmorata, traducción de toda aquella íntima frialdad. La luz
brillante de mi oftalmoscopio dirigida directamente a una de las
pupilas de sus ojos para mirar el estado del fondo del ojo —¡venero de
verdades!— era intolerable. El simple contacto de la luz con su retina le
hacía sacudir la cabeza hacia un lado como tratando de quitarse aquello de
encima, encabritándose, imposibilitando el realizarlo y trayendo a la escena
abundantes lágrimas… La luz, al atravesar el orificio pupilar, parecía
tener el simbolismo de la penetración del miembro viril, aquel que no había
podido aceptar en su regazo. Sus extremidades brincaban en mil saltos al seco
golpe del martillo de reflejos sobre sus tendones semitensos y encogidos. Todo
ello le hacía turbarse hasta el sonrojo, llevándose las manos a la cara para
cubrir su boca, en un mohín de timidez. Suspiraba profundo y con frecuencia.
Le hice respirar profundo para auscultar el murmullo de sus pulmones. Cada vez
lo hacía en forma más superficial. Tuvo que detenerse en seco, como mula que
ventea tigre, porque creyó que “ya le iba a dar el yeyo ese…” Se
sintió con la cabeza ida y vacía y se tornó más pálida de lo que estaba en un
principio. La hice respirar dentro de una bolsa plástica y el mareo cesó
progresivamente, como por arte de sugestión o magia.
Volvimos a conversar con ella luego del
examen clínico. Un examen que en realidad no demostró evidencias de
enfermedad física, pero sí mucho de terebrante dolor psíquico. El dualismo
cartesiano nos obligó a dividir las enfermedades en somáticas o del cuerpo, y
en emocionales o del alma, ¡craso error! pues las dos están acrisoladas en
forma indisoluble, así que las penas del uno, indefectiblemente afectan a su
siamés. Los síntomas somáticos que ella padecía, eran una mimética alegoría de
la tristeza y ansiedad medulares que la devoraban…: ¡Trampas de la mente
para que el individuo no mire hacia donde debería volver su mirada! Sus
ojos, azulitos, no parecían tener acceso a la realidad que tan clara, se
dibujaba en su alrededor. Era como si funcionalmente, se le hubieran extirpado
de mentiras las pupilas, quedando vacías, a lo Anita la Huerfanita de
las comiquitas de antaño… ¡tan huerfanita de adulto afecto como estaba…!»
Por el deseo profundo que experimenta la persona que anhela ser amada y es rechazada, un amor no correspondido llega a ser tóxico, y puede trocarse en idea obsesiva; la ruta hacia la enfermedad psicosomática está expedita y la depresión, la ansiedad y cambios bruscos de humor o episodios de euforia y aún el comportamiento destructivo subyacen a flor de piel. Son muchos los cantantes y trovadores que componen canciones sobre experiencias vívidas y vividas de amores no correspondidos donde sobresale la obsesión destructiva relacionada con este tipo de amor… Si no, mire usted como reza la canción ¨El Puñal¨ de Andrés Cepeda, ¨Toma este puñal, ábreme las venas, quiero desangrarme hasta que me muera,no quiero la vida si es de verte ajena, pues sin tu cariño, no vale la pena…”.
Es por ello, los amores no correspondidos
también son causales de enfermedad y hasta de decisiones extremas… En su
célebre poema ¨Nocturno a Rosario¨, el poeta mexicano Manuel Acuña en
dramáticos versos, describe sus propias esperanzas rotas por un amor no
correspondido. La tragedia narrada concluyó con el suicidio del poeta…
IV
Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos;
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás;
y te amo, y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.
Otra verdad incontrovertible es que los
médicos solemos tener remedios para todos los dolores, pero… menos para el
terebrante dolor del mal de amores y que llevó al poeta Zanotti, asaltado por
Cupido a decir:
Sólo quería saber si contra amor
algún remedio tenéis en vuestros libros,
contra el amor, que parte a parte me destruye
Hasta antier, la historia de la medicina
está repleta de folclóricos cuando no dañinos tratamientos; el melancólico ¨mal
de amores¨ no fue la excepción, y fue así como píldoras de hierro, sangrías,
baños de pies llamados pediluvios, cambios en la alimentación y… especialmente
el matrimonio y sobre todo el embarazo, que por cierto no le funcionó a nuestra
paciente Crisálida Inmaculada Blanco, u optar por la antigua
resignación, eran la indicación: «Si los obstáculos insuperables se oponen a
una unión vivamente deseada, las consoladoras ayudas de la amistad, los viajes
de larga travesía y todo tipo de distracciones se convierten en necesarios a
las cloróticas para superar una pasión que no puede ser satisfecha».
Pero hubo más descabellados tratamientos como descargas eléctricas en el útero recomendándose perseverancia si con las primeras andanadas no se obtenían resultados. Para ello, un cirujano experto en mecánica desarrolló en el siglo XIX un instrumento ad hoc para hacer el tratamiento más accesible. Pero la terapéutica podía ser repugnante y aún más descocada, como sangrías en la vulva y vagina, y aún, la aplicación de sanguijuelas en el mero introito vaginal. Otros tratamientos rayaban en la agresión y el sadismo, como el empleo de fuertes irritantes en las paredes vaginales, [¨diez gotas de líquido volátil [amoníaco] mezcladas con dos cucharadas de leche caliente. Aplicar tres o cuatro veces al día… Esta mezcla volátil, es altamente estimulante… Si se inyecta en cantidad apropiada en la matriz o solamente en el canal de la vagina se apresta para la producción de orgasmo…]¨. La verdad verdadera era otra, las pobres mujeres así mal-tratadas, no sentían ningún placer, antes bien un gran dolor en su intimidad y huida del tratamiento y su feliz dador, pues generalmente… no volvían a la siguiente consulta… Juan L. Carrillo escribió, «Es evidente que el ´soberano´ remedio para la clorosis fue una asexualidad medicalizada que dotaba al pene y a la esperma de un alto valor terapéutico y que ponía la curación de las mujeres en el territorio de los hombres, con lo que la idea de la dependencia quedaba enormemente reforzada«.
Y para finalizar, el insigne médico
español, Don Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960), llamado el Hipócrates
español, en nada sospechoso de feminista y del cual he sido un ferviente
admirador desde mis felices días de estudiante, escribía en 1936: «[…] esta
enfermedad, que ha figurado en millones de diagnósticos de médicos clásicos;
que ha influido tanto en la vida de la mujer -y por tanto del hombre- durante
varios siglos; que ha enriquecido a tantos farmacéuticos y propietarios de
aguas minerales; que ha hecho exhalar tantos suspiros de jóvenes enamoradas y
movido la inspiración de tantos poetas; sí, la clorosis, en fin, no ha
existido jamás».
La endocarditis infecciosa es la enfermedad de las minucias, de los sutiles hallazgos que pueden desplegarse en el cuerpo del paciente para ser hallados. Allí es donde el médico despliega sus destrezas y aptitudes, algo similar al detective en el lugar del crimen…
¿Sherlock otra vez…? ¿por qué no?
¡Soy su admirador!
Parte I
Uno de los «cocos[1] del internista» es la fiebre prolongada, acertijo clínico tipificado por la presencia de fiebre de más de dos semanas de duración en la que a pesar de haberse practicado una rigurosa anamnesis, un examen clínico escrupuloso e integral, y diversas pruebas radiológicas y de laboratorio, incluyendo la búsqueda de algún germen responsable mediante cultivos de sangre, orina, esputos, y si estuviera indicado, hasta de las heces, aún se ignora su origen… Por aquello de las siglas, FPOD —fiebre prolongada de origen desconocido—, parece semejarse a un OVNI —objeto volador no identificado—, y, además, porque muchas veces la causa suele no volar tan lejos de donde se la busca.
El perfeccionamiento de los procedimientos de diagnóstico, hijo de décadas recientes, ha hecho mucho más fácil la labor de pesquisa del internista; no obstante, seguimos todavía sufriendo —y el enfermo con nosotros— cuando tenemos entre manos un origen escurridizo, que suele ser, paradójicamente, más que una extraña enfermedad, la forma de presentación atípica o enmascarada de una enfermedad común…
En circunstancias tales, el clínico, trocado en detective, deberá seguir pistas, ir al encuentro de minúsculos detalles —a veces insignificantes—, tocar puertas aun para no entrar, considerar lo que él u otros no han considerado, transitar un día tras del otro en forma sistemática y obsesiva, por la senda del examen clínico con los “seis” sentidos echados al vuelo, pues lo que hoy no está presente pudiera estarlo mañana, sin dejarse llevar por la tremenda presión que ejercerán sobre él, el paciente y sus cercanos, o algunos colegas ansiosos que pueden a veces pueden conducirle a la toma de decisiones imponderadas. Por eso es un «coco», un fantasma inamistoso, un desafío que a la vez asusta y atrae, un duelo a florete entre el médico y Tánatos, el dios de la muerte, que toma asiento en el mismo cuerpo del paciente, el que no pocas veces lleva codazos, patadas y maltratos no deseados, sin contar gastos, y hasta la posibilidad de que la fiebre desaparezca sin que nunca sepamos a ciencia cierta, qué la produjo…
[1] El coco o cuco es una criatura ficticia ubicada en América Latina y península Ibérica conocido como asustador de niños, y con cuya presencia se amenaza a los niños que no quieren dormir. ¨Duérmete, mi niño, que viene el coco y se lleva a los niños que duermen poco. Duérmete mi niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá…¨. Por extensión, el ¨coco¨ es algo que desconcierta y asusta y atrae y con el cual uno no quisiera toparse…
Por cierto, esa no fue la situación de Enigmático Tarot [1], quien, en sus 53 años, Tánatos, o la muerte misma, en ocasiones varias le cortejó muy de cerca. Su patografía o biografía de enfermedad, resaltaba porque desde edad temprana un médico le había escuchado un soplo cardíaco, de esos que llamamos «inocentes» por no ser trasunto de daño en una válvula cardíaca, de una condición congénita, ni por entrañar un mal pronóstico vital. Su adolescencia, enfermiza, estuvo conmovida por crisis periódicas de dolor abdominal en forma de intensos retortijones de tripas sazonados con náuseas y vómitos. Pasando por uno de ellos, su intestino se obstruyó: Las aguas negras se empozaron y hasta contenido fecal vomitó. El cirujano, transmutado en fontanero, desobstruyó la tubería, y de paso, encontró el emboscado enemigo: una tuberculosis intestinal, que, doblegada por el tratamiento adecuado, le trajo la curación…
Por décadas, todo transcurrió sin novedad para Enigmático, cuando en el hogaño, el viejo enemigo de antaño, el cólico miserere le dijo, ¡Mira qué aquí de nuevo estoy!, lo puso maluco y hubo de recurrir a su médico con celeridad. La anamnesis se ignoró, obviando el importantísimo antecedente, pues hoy día el hecho de una emergencia parece no requerir de una historia clínica completa sino de un simulacro patográfico. Y he allí cuando apareció el gastroenterólogo moderno, el que poco pregunta y de mucha tecnología se vale. El uso sistemático del ecosonograma abdominal -extraordinario aliado cuando se emplea con el adiestramiento necesario y con «algo» en mente—, puso de manifiesto una condición distractora: una litiasis vesicular, piedras en la vesícula, que nunca le habían molestado, y que, a diferencia del pasado, en que piedra equivalía a cirugía, ese concepto ha cambiado y en algunos casos se prefiere ni tocarlas…
Pues bien, la máquina señaló las piedras inocentes, se opacó el juicio clínico y un novísimo procedimiento, no indicado en su caso— fue el escogido para extirpar la vesícula. Una colecistectomía laparoscópica, técnica en la cual, través de una minúscula incisión en la piel y con auxilio de periscopios provistos de impecable óptica y luz propia, tijeras, suturas y todo lo demás, puede realizarse el trabajo. De conocerse el antecedente tuberculoso, quizás se habría ido a liberar las adherencias inductoras del cólico olvidándose de las piedras…
[1] Enigmático: Que en sí encierra o incluye enigma. De significación oscura y misteriosa y muy difícil de penetrar. Tarot. Baraja utilizada en cartomancia.
Ya decía Sherlock en «La Tragedia de Birlstone» que, «la tentación de formar hipótesis partiendo de datos insuficientes, es el veneno de nuestra profesión» – ¡y, parece que también de la nuestra! -. Durante inserción del endoscopio, inadvertidamente se perforó un asa intestinal.
¡Sea la historia corta! En 45 días hospitalización se realizaron 4 cirugías —incluyendo una resección intestinal—, se combatieron numerosas infecciones, se usaron múltiples antibióticos y se apuntaló su precario estado nutricional con hiperalimentación intravenosa. Al fin, fue a casa muy aporreado, con la faltriquera muy flaca, pero en casa. Sólo necesitaría de cuidado hogareño y sobrealimentación…
Pero… quince días más tarde, frente a los ojos de su observadora esposa, se le desencajaron las facciones, palideció su piel, se le puso la carne de gallina, todos los músculos de su cuerpo se contrajeron en irrefrenables y repetidos espasmos, su cuerpo se encogió y los miembros se replegaron sobre el tronco, los dientes entrechocaron con inconfundible castañeteo: ¡Un escalofrío solemne!, para decirlo al modo de mis maestros. Archiconocido heraldo de calentura inmediata, reacción del organismo ante la agresión bacteriana llevada al mismo torrente circulatorio en agavillada bacteriemia, donde los gérmenes dañinos trasudan su mortífera ponzoña y su potencial de muerte… La suya era una septicemia criptógena, pues por semanas se ignoraría dónde provenía y dónde el malandrín tenía su guarida… Fue readmitido con premura. Su orina y su sangre, aun en medio del escalofrío, fueron cultivadas. Radiografías del tórax y tomografías del abdomen en búsqueda de una colección de pus emboscada en el hígado o en alguna trascavidad, negativas en varias ocasiones. Su soplo, inmodificado promovió un examen negativo de sus válvulas cardíacas mediante un ecocardiograma de superficie. Las múltiples transfusiones recibidas en su previa admisión, pudieron haber llevado miasmas contaminantes a su cuerpo, virus o parásitos ¡Infructuoso todo aquello…!
La preocupación y la fatiga se aposentaron en Enigmático, quien con temor esperaba el arrechucho vespertino, el espeluzno que prenunciaba el incontrolado ascenso térmico. Aunque profesaba confianza y respeto por su médico, más pudo la ansiedad ante el fallido intento por desvelar la causa de su fiebre. Otro profesional también le examinó con esmero, y he aquí que un minúsculo hallazgo demostró la causa cierta, la que rehusaba ser descubierta… En solitud con sus ideas ordenó los hechos clínicos, olvidando la falta de evidencia complementaria. Se concentró en el cuadro total, una y otra vez volvió sobre sus pasos, recorriendo el sendero de los hechos, mirando con más detenimiento las minúsculas huellas de la enfermedad cobarde…
Escribió el doctor John Watson en «El Sabueso de los Baskerville»: -«Yo sabía que la soledad y el aislamiento eran muy necesarios a mi amigo durante las horas de intensa concentración mental en que sopesaba todas las partículas de pruebas, construía teorías alternativas, las contrapesaba, y llegaba a una decisión final sobre los puntos que eran esenciales y los que resultaban accesorios… «. ¡Es así, mi querido lector! Nada más importante que la historia clínica y la ideación lógica… sólo éstas y nada más que éstas, son las guiadoras de todo lo que haya que hacerse después; por ello, los ojos de nuestro clínico brillaron ante la minúscula evidencia… -«El mundo está lleno de cosas evidentes en las que nadie se fija ni por casualidad… «, parecía decirle mister Holmes, o tal vez, -«Recuerde usted Watson, el pez piloto con el tiburón, el chacal con el león; lo insignificante, en fin, acompañando a lo formidable… «.
Parte II
¿Acaso les conté de mi admiración por Sherlock Holmes…?
Como pregonado por Galeno, la dolencia de Enigmático tuvo un principio que fue seguido de un incremento que llegó a la cumbre, pero todavía no se veía llegar la recesión…
«Cierto día, en las llanuras de Babilonia, el caballo más hermoso de las caballerizas del rey se escapó de las manos de un palafrenero. El montero mayor y varios oficiales corrían tras él, buscándole con tesón. El montero se dirigió a Zadig y le preguntó si había visto el caballo del rey. «Es el caballo que mejor galopa — respondió aquél— tiene cinco pies de alto, el casco muy pequeño y la cola de tres pies y medio de largo; las cabezas del bocado son de oro de veintitrés quilates; sus herraduras son de plata de once dineros». -«Qué camino ha seguido? ¿Dónde está? » —le increpó el montero mayor- -«No lo he visto —respondió Zadig— ni he oído nunca hablar de él».
Por un azar de la fortuna, ese mismísimo día se había topado con las huellas de la perra de la reina, a quien afanosamente buscaban sus eunucos. Al ser preguntado, la describió perfectamente, pero al inquirírsele si la había visto, respondió, -«No, no la he visto nunca, ni sabía que la reina tuviese una perra». El montero mayor y el eunuco no dudaron que Zadig había robado el caballo del rey y la perra de la reina. Fue hecho preso y sentenciado a pasar en Siberia el resto de sus días.
Composición del cuadro clínico de un paciente, minúsculas manchas algodonosas en la retina, hemorragias en astilla en las uñas, petequias en el tercio inferior de las piernas y hemorragias subconjuntivales. En la autopsia, endocarditis de la válvula aórtica.
Pero para su regocijo, el caballo y la perra fueron encontrados. Zadig defendió su causa demostrando ante los jueces como pequeños detalles dejados por la perra al caminar sobre la arena le habían permitido describirla tal cual era, a pesar de no haberla visto nunca. Con relación al caballo les dijo lo siguiente: -«Paseando por los caminos del bosque, he percibido las señales de sus herraduras que estaban todas a igual distancia. He aquí, me he dicho para mí, un caballo que tiene un galope perfecto. El polvo, en el camino, que no tiene más de siete pies de anchura, estaba un poco levantado a derecha e izquierda, a tres pies y medio del centro del camino. Este caballo —he pensado— tiene una cola de tres pies y medio que, con sus movimientos a derecha e izquierda, ha barrido este polvo. He visto también bajo los árboles, que forman una bóveda de cinco pies de altura, hojas recién caídas de las ramas, y he sabido que el caballo había tocado a éstas y, por consiguiente, que tenía cinco pies de alzada. En cuanto al freno, debía ser de oro de veintitrés quilates porque ha frotado con las puntas sobre una piedra que era una piedra de toque y con la que luego he hecho yo un ensayo. Finalmente he juzgado por las señales que han dejado las herraduras sobre pedernales de otra especie, que éstas eran de plata de once dineros… «.
El nombre de Zadig provenía de la palabra árabe «saadig» que significa el veraz. Era rico y joven, sabía moderar sus pasiones, no aparentaba lo que no era, no quería tener siempre la razón y sabía comprender las debilidades de los hombres. En la búsqueda de la felicidad y habiendo conocido muchos infortunios, dirigió todas sus energías a leer en ese gran libro que Dios ha puesto ante nuestros ojos: La naturaleza. Estudió sobre las propiedades de los animales y de las plantas, y muy pronto adquirió una sagacidad que le descubría mil diferencias, allí donde los hombres no veían nada que no fuese uniforme…
Zadig, un personaje de ficción que todo médico debería conocer, fue hijo del talento y de la pluma de quien se hiciera llamar Voltaire o François-Marie Arouet (11694-1778), pues tal era su nombre-. ¿Cómo relacionarlo con Sherlock Holmes? El doctor Joseph Bell (1837-1911), el mentor más querido de Conan Doyle durante sus estudios médicos y el que le sirviera de modelo para la creación de su famoso detective, atribuía su extraordinaria agudeza diagnóstica a la emulación del héroe de Voltaire. «El método de Zadig —decía Bell— el que cada buen maestro de cirugía o medicina ejemplifica cada día en su práctica y en la enseñanza… El inteligente y preciso reconocimiento y apreciación de diferencias menores es el factor realmente esencial en todo diagnóstico médico exitoso… «.
Pero… retomemos nuestra inconclusa historia, donde el internista evaluaba detalles del caso de Enigmático Tarot, cuya fiebre prolongada amenazaba con destruir su heredad y su salud. El examen clínico minucioso, a decir verdad, no mostró grandes hallazgos semiológicos. Sin embargo, cuando evertió el párpado inferior para ver la conjuntiva, como cuando los médicos buscamos evidencias de anemia, notó una minúscula manchita roja con su centro pálido, no mayor de un milímetro de extensión ¡Sólo una manchita de sangre en un sólo párpado! Se armó de inmediato de su lupa, que tanto para el internista como para el detective significa prolijidad, esmero, atención al detalle… ¿Y qué mejor lupa que un oftalmoscopio? Ese visor de óptica prodigiosa, magnificación y luz que le son propias para mirar no sólo el fondo del ojo… Al mirar la hemorragia de albo centro, vino a su mente un concepto de Bell: «La importancia de lo infinitamente minúsculo, es incalculable».
De inmediato traspasó con la luz del instrumento el orificio de la pupila: El fondo del ojo, la retina desplegada en todo su esplendor, estaban a sus pies… A una magnificación de catorce aumentos, apreció como un copito de algodón difuminado, traducción de un microinfarto retiniano, mucho más pequeño que un milímetro y una minúscula hemorragia en astilla (B de la ilustración). En su mente se unieron ambos hallazgos, que sumados no contabilizan un área de milímetro y medio…
Vino a escena Sherlock en «La aventura de las cinco semillas de naranja», -«Al razonador ideal —comentó— deberá bastarle un sólo hecho, cuando lo ha visto en todas sus implicaciones, para deducir del mismo, no sólo la cadena de sucesos que han conducido hasta él, sino también los resultados que habían de seguirse. De la misma manera que Cuvier sabía hacer la descripción completa de un animal con el examen de un sólo hueso, de igual manera, el observador que ha sabido comprender por completo uno de los eslabones de una serie de incidentes, debe saber explicar con exactitud todos los demás, los anteriores y posteriores».
– «Por las señas que ha dejado el culpable, el problema debe radicar en una válvula infectada en el corazón: Una endocarditis infecciosa, un ente destructivo con enorme potencial de muerte… «.
-«Pero, ¿Qué de ese ecocardiograma completamente normal? » -le dijo su alumno, infectólogo tratante- «¡La ausencia de pruebas no es prueba de ausencia!¨ —, replicó el otro-, vayamos de nuevo al corazón y veámoslo desde todos sus ángulos. Las manchitas que vemos en la conjuntiva y en la retina son expresión de la embolización de bacterias o efecto de productos inmunológicos tóxicos inducidos por ellas…».
¡La sospecha clínica transformada en certidumbre!
Un nuevo ecocardiograma de mayor sensibilidad, mediante una sonda introducida en el esófago, demostró esta vez una enorme vegetación séptica sobre la válvula mitral, un cúmulo de bacterias que como un nido de termitas intentaba destruir la válvula y se la veía mecerse, ominosa, con cada contracción cardíaca… El tratamiento antibiótico enérgico y oportuno, evitó la rotura de la válvula, la insuficiencia cardíaca aguda y restituyó a Enigmático a su hogar y a sus angustias…
El método de razonamiento de Zadig—ese que tanto admiramos en Holmes—, reposa en la constancia del orden natural de las cosas, consistiendo en inferir de lo que a simple vista parecen detalles triviales; en revelar las verdades que otros tratan de oscurecer; en mirar sin el sesgo que produce la emoción o el prejuicio; en aplicar la lógica a observaciones exactas y detalladas, produciendo inesperadas conclusiones…
De acuerdo a Joseph Bell, la inteligencia natural del médico deberá combinarse con una educación particular para hacer que la observación tenga validez, y esto lo expresa en las siguientes palabras: «Ojos y oídos que puedan ver y oír, memoria para grabar al instante y recordar a voluntad las impresiones de los sentidos, y una imaginación capaz de elaborar una teoría, o unir una cadena rota, o desenredar una pista enmarañada, tales son las herramientas del oficio de un diagnosticador exitoso… «. Por ello le pide como dijera San Pablo a los Efesios, al hombre, al médico, al estudiante de medicina que, «miren con los ojos del entendimiento», pues, «para dominar el arte, existen miríadas de signos elocuentes e instructivos que esperan por el ojo educado para detectarlos…».
Osler y su endocarditis lenta maligna
La clínica es la madre; ella debe conducirnos -como siempre si la seguimos y respetamos- a puerto seguro. La endocarditis infecciosa es la enfermedad de las minucias, de los sutiles hallazgos que pueden desplegarse en el cuerpo del paciente para ser hallados. La clínica valida la exploración complementaria: nos dice dónde y cuándo debemos buscar. Es allí donde el médico despliega sus destrezas y aptitudes, algo similar al detective en el lugar del crimen…
Sea esta una loa a mi querido maestro y amigo, el doctor y profesor emérito de la Universidad de California, San Francisco (1926-2019), doctor William Fletcher Hoyt
De entre los llamados signos vitales:
tensión arterial, pulso, respiración y temperatura, este último, por estar
menos sujeto a cambios importantes inducidos por estímulos ya externos, ya
psicogénicos, es un indicador simple, objetivo y preciso de la condición
fisiológica del organismo. Por ello su determinación, asiste al médico
en la estimación y la severidad de una condición morbosa, curso y duración, los
efectos de un tratamiento y aún, como un medio para decidir cuándo una persona
sufre de una enfermedad orgánica.
En condiciones de salud, a despecho de la temperatura reinante en el ambiente o de la actividad física, la temperatura es mantenida dentro de un estrecho rango. En una persona encamada, no suele ser mayor de 37. 2º C, no obstante, experimenta variaciones a largo del día: Una lectura de 36. 1º C en mañana al levantarse, es relativamente común, aumentando paulatinamente durante el día hasta alcanzar su más alta gradación, 37. 2º C, entre las seis y diez la noche, para luego descender lentamente hacia las dos o cuatro de la madrugada.
Los patrones febriles tienden a seguir esta pauta en sube y baja, propendiendo a ascender hacia el atardecer y a descender en horas de la mañana, donde hasta puede normalizarse. Se define como fiebre o pirexia a la elevación de la temperatura corporal por encima de los límites normales. Este fenómeno, es producto de un proceso de desajuste que toma lugar en una estructura ubicada en la porción basal del cerebro, el hipotálamo, y específicamente, en su núcleo supraóptico. El ascenso térmico es condicionado por la combinación de dos factores: Aumento de la generación interna de calor, y una reducción de su pérdida externa. Sustancias llamadas pirógenos o piretógenos —productoras de fiebre— pueden, bien, originarse en el propio cuerpo, como las llamadas citoquinas y entre ellas, las interleuquinas, interferones y el factor de necrosis tumoral—, o bien, provenir del afuera, en la forma un virus, bacteria, hongo o un parásito. Estos pirógenos estimulan, desde neuronas termosensibles localizadas en las cercanías de los vasos sanguíneos que bañan el hipotálamo, la liberación de una sustancia llamada prostaglandina E, que desequilibra el “termostato interno”, ese que impide que la temperatura ascienda o descienda a grados inconvenientes.
Diversos procesos que enferman, como infecciones, tumores malignos o reacciones inmunológicas determinan la secreción de citoquinas desde el macrófago, una célula defensiva de primera línea. La fiebre es un motivo de consulta harto común en la práctica médica. Buena parte de los casos obedecen a una enfermedad infecciosa, más a menudo, de origen viral. Siendo las enfermedades por virus autolimitadas, es decir, esas que se curan solas, la fiebre incomoda por pocos días y se esfuma espontáneamente. Otras veces, obedece a problemas de mayor envergadura, que ameritan una intervención terapéutica, particularmente cuando es producida por bacterias, parásitos u hongos, por un morbo maligno o granulomatoso, o cuando se trata de una enfermedad que inflama el colágeno, esa argamasa universal que rellena los espacios dejados entre las células.
Cuando la pirexia se prolonga por más de dos semanas sin que un examen clínico minucioso, ni análisis complementarios básicos, hayan esclarecido su causa o razón etiológica, empleamos el nombre operativo de síndrome febril prolongado de origen desconocido. ¡Desconocido y un quebradero de cabeza! Por algo es llamado “el coco de los internistas”, pues asusta la sola mención de su nombre. Pondrá a prueba el acumen del médico enfrascado en la búsqueda del culpable, su conocimiento, astucia, experiencia y paciencia, su tolerancia a la frustración, así como también, su talante y tacto en el manejo de la angustia dimanada del paciente y su entorno familiar. ¡Es posible que no exista otra situación en la cual la actitud total del médico, se asemeje más a la de un detective al husmillo del criminal…! · Palmaria Ficta [1], 28 años, médica pediatra, menudita y jipata, había sido severamente disminuida por una fiebre prolongada de más de un mes de duración. Mucho dinero había gastado su marido, pero peor, el monto de expectación y sufrimiento por la incógnita de la causa escurridiza. Traslados de una clínica a otra, cambios de un médico por otro, punciones venosas para extraer su sangre hasta hacerlas desaparecer, y el corolario de su hacienda agotada…
El Hospital Vargas de Caracas la guarecería y sería su destino final… Se la veía taciturna y su escaso lenguaje era áspero y agresivo, justificándolo por «el trato inhumano y displicente de sus colegas, que nunca vieron con seriedad su caso porque no iban a cobrar honorarios…». Sus elevaciones térmicas no parecían guardar ningún patrón, presentándosele en cualquier momento del día y rebasando la cota de los 41º C, durante las cuales exigía airada, la inmediata presencia de un médico y algún antipirético para abatirla. ¡Traía consigo, más de una vez repetidos, todos los exámenes del mundo! La estrategia o plan de estudio no variaría mayormente del que se había seguido en otras instituciones: cuidadosa anamnesis investigando sitios de reciente visita, exámenes de sangre, observación de extendidos de la misma en una laminilla de vidrio, radiografías de todo recoveco corporal, cultivos de cuanto líquido circulante o excretado, tomografías del tórax abdomen y pelvis, ecosonograma del corazón, pruebas cutáneas y toda esa parafernalia que los libros señalan en tedioso flujograma. Había que echar mano de cualquier hombro solidario que quisiera colaborar cargando el catafalco de nuevos improperios…
En una junta médica con residentes y adjuntos más experimentados, se disecó su patografía, historia familiar, viajes, exposición a animales, ingestión de medicamentos, consumo productos lácteos crudos, niños que hubiera atendido y posibilidad de traspaso de algún extraño bicho. Se examinó el cúmulo de radiografías y exámenes… Salieron al aire las más extrañas dolencias productoras de fiebre y los argumentos más variados. ¡Se pedirían nuevos exámenes! ¡Qué mare magnum! Un zorro viejo sentado al fondo del salón de reuniones levantó la mano y con voz pausada proclamó su criterio. Con facilidad pasmosa, al tiempo que destruía argumentos, tejía la trama con hilos diferentes: Pidió mirar problema desde otro ángulo, concediendo gran valor a los pormenores, a las minucias, a las pequeñeces… ¡Todos parecían haber visto y hecho lo mismo! En «Un caso de identidad», Watson le hace notar a Holmes, – «Me pareció que observaba usted en ella, muchas cosas complemente invisibles para mí«.Sherlock replica, «Invisibles no Watson, sino inobservadas, usted no supo dónde mirar, por eso, se le pasó por alto lo importante… ¿Qué dedujo usted del aspecto exterior de esa mujer? Descríbamelo… «.
[1] Nombre sugerente del sujeto: Palmaria: Claro, patente, manifiesto. Ficto/ficta: Fingido, aparente, imaginario.
¡He aquí a Voltaire y al doctor Joseph Bell hablando por boca de Doyle! Un reto a ver los hechos en el caso de Palmaria de una manera diferente… Recordé a mi maestro, el doctor William Hoyt, M.D. de la Universidad de California en San Francisco ante caso un complicado y no resuelto que había sido visto por los mejores neurooftalmólogos de Norteamérica e itineraba buscando ¨la candelita” del diagnóstico¨. «¡A ver Rafi —me dijo— nuestro problema aquí radica en preguntar lo que ellos no preguntaron, en ver lo que ellos no vieron, en pensar en lo que ellos no pensaron! ¡Al diablo con el montón de radiografías que trae consigo… allí de seguro que no está no la respuesta!». Veinte minutos de agudas preguntas, le bastaron para reconocer el sitio del entuerto y ponerlo de manifiesto con un sólo corte tomográfico que hizo pasar, exactamente por la madriguera donde el villano se escondía…
¿Qué ocurría con Palmaria Ficta? En “El Sabueso de los Baskerville”, Holmes nos dice, “El accidente más estrafalario y grotesco es el más interesante para ser examinado cuidadosamente, y el quid de la cuestión que parece complicar un caso, se convierte, cuando es debidamente considerado y científicamente manejado, en el único apropiado para resolverlo”.
¿Tal sería el caso de Palmaria…?
Parte II. El caso de la
fiebre facticia…
¡Qué rompecabezas tan intrincado el de la fiebre
prolongada de la colega Palmaria Ficta! Tantas y tantas exploraciones negativas, tantas
falsas pistas, tantas esperanzas desvanecidas en la negatividad de nuevos
exámenes, tantas frustraciones para todos… Aquel clínico, curtido en la
praxis, zorro viejo que era, había dicho que se imponía replantear el
problema desde una perspectiva diferente para poder asir la
resbaladiza evidencia…
La tensión ambiental subía y subía como la
fiebre de Palmaria, y ya casi que nadie quería pasar frente a su
lecho en prevención de insultos y denuestos. -“¿Dónde más buscar?, ¿Dónde?”
—preguntaron los residentes— –“¡Ya no nos queda mucho espacio
dónde escudriñar!, -comentó el viejo pensativo-, tratemos de pensar
como Sherlock lo hubiera hecho: ¨Tengo una vieja máxima —
declaraba el detective—, cuando se ha excluido lo imposible, lo que queda,
aunque improbable, tiene que ser la verdad…”; mi admirado amigo lo
repite en “La Aventura de la Diadema de Berilo”, en “El Signo
de los Cuatro”, en “El Soldado de Piel Descolorada” y en “La
Aventura de los Planos de Bruce Partington”… ¡ Por algo sería!
-“Hemos excluido lo común y lo imposible a
través del diagnóstico diferencial, ni con una autopsia resolveríamos el quid
del problema — expresó con una pizca de cinismo— ¿Qué es lo que queda como
improbable? ¡Allí debe esconderse la verdad!”. El avezado perdiguero
pidió un deseo: ¡Denme media hora con Palmaria! Se fue cavilando
a la sala y se apostó a una distancia prudencial, observando sin ser
observado. No infrecuentemente, los médicos tenemos que establecer distancias
tácticas con los pacientes para ser desprejuiciados y justos, más
humanos, si se quiere. No apartó sus inquisitivos ojos de Palmaria,
de sus manos, de la lamparita que descansaba en su mesa de noche, siempre
encendida, de día y de noche. Entonces, Ficta bramó por
atención. Su temperatura se había disparado más allá de los cuarenta grados
centígrados. Al borde de la histeria, su madre corría desesperada sin saber adónde
ir, como una gallinita asustada.
El viejo entonces se aproximó. Calmó la
situación con su presencia y la examinó, ahora muy de cerca. Aunque Palmaria
mostraba flaquera y palidez clorótica, su cara no exteriorizaba la impronta
con que la enfermedad mordicante tatúa el semblante… Le pareció, que, como Arimaza
el personaje de Voltaire, “Llevaba reflejada en su
fisonomía la perversidad de su alma”. Posó
sus dedos compasivos sobre la muñeca derecha para percibir sus pulsadas. Las cuantificó
en un minuto. La piel estaba fresca. En ese mismo momento, le pidió recogiera
una muestra de orina para «analizarla«.
De nuevo, llevó tranquilidad a aquel espíritu perturbado, le suministró dos
aspirinas y cubrió su cuerpo con una cobija. Se llevó la orina y regresó en
pocos minutos para observar efecto del antipirético administrado… -“¡Lo
que presumía –dijo en sordo soliloquio—, un caso de
fiebre ficticia…!”.
Hasta en un diez por ciento de los casos de síndrome
febril prolongado de origen desconocido, los pacientes pueden, ellos
mismos, infligirse enfermedades, pueden producir falsas elevaciones de la
temperatura. Muchos de estos enfermos con fiebre facticia o
ficticia son mujeres jóvenes, cercanas a la profesión médica:
doctoras, enfermeras, estudiantes de medicina o de enfermería… También hay
niños que recurren a similar ardid para soslayar sus responsabilidades y no
asistir a la escuela. Recuerdo en mis años de primaria haber oído decir que si
uno se ponía un diente de ajo entre las nalgas sobrevendría fiebre y podría quedarse
en casa “sacando cera”… Nunca comprobé el aserto en mí mismo. Hasta el
presente desconozco la veracidad de este maquiavélico ardid. Algunas otras
pacientes se infectan a sí mismas con bacterias o materiales contaminados;
otras, idean extrañas formas para que la temperatura aparezca elevada durante la
termometría. La lamparita que acompañaba a Palmaria y que presenciaba
muda sus berrinches, parecía ser la pista que llevaría al origen de la
inexplicable fiebre…
-“¿Cómo lo supo Maestro?” -inquirieron ansiosos los jóvenes-.
“Aunque siempre debemos presumir la buena fe en el relato del paciente, allá, en lo más remoto de sus cerebros, dejen un lugar para la duda… Al mismo tiempo, no idolatren, ni se fíen tanto del examen complementario, muchas veces hacedor de entuertos… ¡Ahh, el espejismo del examen complementario! ¡Tantos de ellos y tan complejos, lejos de ayudarnos, a veces nos opacan la luz de la razón…!
Recuerden jóvenes que la observación a
“ojo desnudo”, es el más fino y viejo método de diagnóstico: Imbécil el
médico o el paciente que piense lo contrario. Al momento en que el termómetro
de Palmaria marcaba 40. 5º C, su piel estaba fresca y sus pulsadas
eran de 82 en un minuto. Como ustedes bien saben, por cada grado de elevación
térmica, el latir del corazón se acelera en unos diez latidos. ¡He aquí
el primer hecho paradójico! Deliberadamente, la engañé pidiéndole una
muestra de orina recién emitida para “analizarla”. A resguardo de
su mirada, en el fondo de la sala introduje en ella el termómetro por espacio
de tres minutos para registrar la temperatura. Debía equipararse a la temperatura
oral, pero… ¡apenas llegaba a 37º C…! ¡Otra paradoja! La aspirina
que le suministré, “descendió prontamente la temperatura”, pero a diferencia
del verdadero febricitante, no produjo pizca de sudoración... ¡Una
contradicción más! Por último, la lamparita… sospeché
que era la clave de su enigmática fiebre, así que no perdí de vista sus manos: ¡Pude
verla aproximando el bulbo del termómetro a la superficie caliente del bombillo
y luego llevarlo a su boca! El calor hacía rabiar el azogue que,
ascendiendo ficticiamente, arrojaba una errónea lectura… El enemigo había
sido desvelado. No era un hongo, tampoco una enfermedad del colágeno, ni
un absceso piógeno oculto, era una condición profundamente enraizada en su
inconsciente, pasando así el origen de su “fiebre prolongada”, al campo de la
psicodinámica…
Todos los médicos se sintieron muy ofendidos y
disgustados. La Ficta había jugado al tonto con todos, debía pues
dársele un castigo ejemplar. Hubo hasta quien propuso una “limpieza de
sangre”, a la manera de la inquisición española. A los galenos, que
inmaduros también somos, nos enerva que los pacientes hagan burla de nuestra “inventada
majestad” … El viejo les atajó en el intento: ¡Se trataba de ayudarla,
no de condenarla! Con su comportamiento sólo hacía patente su
desesperado e inconsciente pedimento por un inmediato amparo. ¡Debemos
ser muy cuidadosos! —les advirtió—, pues la confrontación del paciente
con el hecho ficticio, puede a veces empeorar la condición mental y… ¡lo
primero, es no hacer daño…! La palabra hospital proviene
de una voz latina que significa “afable y caritativo con los huéspedes”.
Ser caritativo es amar al prójimo como a y uno
mismo, es hacer como uno quisiera que le hicieran, particularmente
cuando nos encontramos en situación de minusvalía de la carne y del alma,
cuando no se tienen más riquezas ni parientes que el dolor, el desengaño y la
soledad. Aunque los signos de nuestro tiempo, el poder y dinero, nos hayan
transformado a todos en deshumanizados materialistas, no debemos olvidar que el
acto médico es trasunto de amor. De amor expresado en cercanía, comprensión,
sabiduría, tolerancia, empatía y fundamentalmente… compasión”.
Aquel médico era sabio y justo. Sabía que hemos
venido a servir, y comprendía muy adentro, que cuando morimos nada material
hemos de llevarnos como bastimento para el largo y enigmático viaje: ¿Para
qué pues enriquecerse en el afuera y empobrecerse en el adentro? Aristocracia
espiritual mediante el cultivo de la tolerancia es lo que necesitamos los médicos.
Palmaria era una esposa maltratada como hay tantas. Con su perfecta
engañifa, se tomaba vacaciones del sádico de su marido y le castigaba haciéndole
gastar su bien amado dinero. No sabía cómo escapar de esa perniciosa relación
sadomasoquista que le liaba a él.
Las curiosas dotes de intuitiva observación del
viejo zorro, le permitió obtener mejores resultados que los procedimientos
lógicos empleados por los otros. Era esa también una de las características que
adornaban el genio de Holmes. No en vano Conan Doyle estuvo
siempre impresionado por la singularidad de su maestro el doctor Joseph Bell para
hacer diagnósticos, no sólo de enfermedad, sino también de las ocupaciones y el
carácter de sus enfermos.
La simulación o malingering, es una situación en la que una persona falsea intencionalmente síntomas psicológicos o informes médicos; en una evaluación cuidadosa no se encuentra base para los síntomas. Es producida generalmente para evitar una situación indeseada (por ejemplo, ir a la escuela, ir a la cárcel) o para obtener beneficios deseados (por ejemplo, pagos por incapacidad). En este caso el paciente quería tomar venganza, pero no se encontraron las múltiples anomalías al examen y pruebas de laboratorio que se esperaban, confirmando la presencia de las bases emocionales para sus síntomas.
Los fenómenos emocionales implicados en el enfermar pueden comprender entre otros, conductas tales como la conversión y la simulación.
La conversión es una condición en la cual una persona informa de síntomas consistentes, por ejemplo, con una enfermedad sistémica o neurológica; en este trastorno, los signos y síntomas ocurren dentro de las áreas de control voluntario del sistema neuromuscular o de otro aparato o sistema (por ejemplo, incapacidad de usar el brazo derecho o la mano). Un examen cuidadoso no muestra evidencia de ninguna base física para los síntomas. El trastorno de conversión se asemeja a fingirse enfermo, con la presencia de síntomas, pero ausencia de resultados objetivos en el examen.
Por su parte, la simulación o enfermedad facticia –el
caso de Palmaria Ficta- representa una situación en que la persona
deliberadamente reporta síntomas que sabe que son falsos con el fin de obtener
una ganancia secundaria; debe diferenciarse del desorden facticio con síntomas
físicos, también llamado síndrome de Münchhausen[1]
en el que el paciente intencionalmente produce síntomas y signos, algunos de
los cuales pueden ser oculares (enrojecimiento e inflamación palpebral simulando celulitis orbitaria, cicatrices
palpebrales, y hasta lesiones
coriorretinianas), pero ningún órgano escapa como blanco…
A diferencia, en el trastorno de conversión, los síntomas
que el paciente informa, cree que son reales. En otras palabras, en el
trastorno de conversión, la descripción de síntomas inventados no es
deliberada. La clave para entender la base subyacente del síntoma es que un conflicto
inconsciente se convierte en un síntoma físico. Los desórdenes de conversión pueden
ocurrir después de estrés familiar, laboral o ambiental, incluyendo abuso
físico o sexual. A veces los médicos empleamos amobarbital durante la entrevista
a fin de tal vez revelar el conflicto subyacente.
En el caso de la neurooftalmología como especialidad,
ocasionalmente vemos casos de esta estirpe y como solemos ser demasiado
organicistas, se nos cuelan entre las manos. Los capítulos de libros especializados suelen
tener uno sobre alteraciones funcionales de la visión; por ejemplo, el de Neil
Miller, M.D., en el ¨Walsh and Hoyt’s
Clinical Neuro-Ophthalmology¨ 4th edition, Volumen Five, Part
Two, apenas 22 páginas están dedicadas a ¨Neuro-Ophthalmological
manifestations of non organic disease¨...
[1]Síndrome de Münchhausen. El citado barón narró varias historias increíbles sobre sus aventuras. A partir de estas asombrosas y ficticias hazañas, que incluían cabalgar sobre una bala de cañón, viajar a la luna y salir de una ciénaga al tirarse de su propia coleta, se construyó un síndrome caracterizado por hechos increíbles. Es una enfermedad mental y una forma de maltrato infantil. El cuidador del niño, con frecuencia la madre, inventa síntomas falsos o provoca síntomas reales para que parezca que el niño está enfermo…
Sin embargo, es un meduloso capítulo, pero también es una clamorosa denuncia de la poca importancia que le prestamos a la biografía y a los aspectos emocionales de la enfermedad; es el más corto de todos y se encuentra al final del libro, lo que me parece, es un indicio de la organofilia del médico y su dificultad para asumir la comprensión antropológica del ser humano enfermo…