Elogio de la muerte biográfica: ¨El mal de irse sin irse del todo¨, el mal de Alzheimer…

En memoria de mi Maestro, Profesor honorario (UCSF), William Fletcher Hoyt (1926)

Vivimos entre dos nadas, la nada de no ser y la nada de dejar de ser… No somos cuando no existimos, cuando definitivamente morimos; dejamos de ser cuando aún vivos hemos perdido toda relación con el mundo que nos rodea quedando quizá algunas pequeñas parcelas que trabajan en insuficiencia; continuamos la vida, pero nuestra biografía se ha detenido; hemos muerto desde el punto de vista biográfico, es un estado de la nada; es un estado donde hemos perdido vivencias, experiencias, conocimientos y habilidades, no pudiendo comprender adónde se fueron, dónde están, porque tampoco nos importan… Así, alcanzamos el estado de demencia (del latín: «alejado» y mens (genitivo mentis): «mente») que entraña la pérdida progresiva de las funciones cognitivas producida por daños o desórdenes cerebrales.

Es una condición producida por priones. Las investigaciones suelen asociar la enfermedad a la aparición de placas seniles y ovillos neurofibrilares por acumulación anormal de las proteínas Beta-amiloide  (también llamada amiloide Aβ) y tau en el cerebroEmil Kraepelin (1856-1926), en su libro de psiquiatría de 1910, Psychiatrie: Ein Lehrbuck für Studi[e]rende und Aerzte, designó a esta forma de demencia con el nombre de Alois Alzheimer (1864-1015), ambos eran neuropatólogos y psiquiatras alemanes.

La historia va como sigue… El 25 de noviembre de 1901, una enferma de 51 años de edad llamada Auguste Deter fue admitida en el Hospital para Enfermos Mentales y Epilépticos en Frankfurt quedando a cargo del doctor Alzheimer;  al principio presentaba problemas de memoria, afasia, desorientación e incompetencia psicosocial (que constituía en aquel momento, la definición legal de demencia). Su condición clínica empeoró poco a poco, y empezó a perder otras funciones cognoscitivas y experimentar alucinaciones. Debido a su edad, Deter fue diagnosticada con demencia presenil; hoy, el diagnóstico hubiera sido síndrome de Alzheimer de aparición temprana que define el desarrollo de la condición antes de los 65 años.

Al describir la condición en una persona relativamente joven, Alzheimer no pretendió haber descubierto la enfermedad. Él y otros, se sorprendieron cuando se enteraron que Kraepelin había nombrado la condición ¨Enfermedad de Alzheimer¨, sin embargo, el nombre ¨llegó para quedarse¨. Kraepelin habría nombrado la enfermedad y probablemente exagerado la novedad de sus resultados, para dar más prestigio a su institución y para asegurar la continuidad de becas de investigación. Cinco años después de la publicación del libro de Kraepelin, Alzheimer como su paciente, también murió de 51 años de una nefritis inducida por amigdalitis.

El Alzheimer es una muerte blanca, feliz, como quien muere de frío; es la enfermedad del olvido. Es un pozo, cada vez más angosto, iluminado por miles de bombillas que se van apagando poco a poco. El que cae en él no es consciente de que las luces languidecen, y terminan por apagarse, y no es que el sujeto se acostumbre a la penumbra progresiva, sino que no recuerda que las paredes estuvieron un día iluminadas. El enfermo primero olvida las llaves y las calles y luego los nombres. Después se olvida de la gente y del mundo. Se olvida de sí mismo. Se olvida de amar. Se olvida de comer y de las funciones más vitales, hasta que como en la Maldición de Ondina, se olvida respirar y se le olvida vivir.

Sin embargo, es la enfermedad más cruel que conozcamos. Ya no para el enfermo, sino para los seres más cercanos. Los que lo quieren. Los que lo cuidan. El dolor se convierte en pregunta, ¿por qué tiene que pasar esto? , ¿por qué no vivimos bien hasta que nos toca desaparecer?, ¿por qué la vida se reduce a polvo?, ¿por qué termina en aplastante decadencia?, ¿por qué se pierde el norte…? Y más importante, ¿qué nos queda?, ¿vacío?, ¿soledad?, ¿descanso?, ¿impotencia?, ¿rabia?…

William Fletcher Hoyt o Bill Hoyt (1926), mi maestro de la neurooftalmología norteamericana, se ha ido sin irse del todo… Nunca supo que el olvido quería adueñarse de su vida y robarle, en forma aviesa y uno a uno, todos los pasajes de su única y meritoria historia… Es realmente muy triste conocer su situación, porque la muerte por Alzheimer es una doble muerte: Es la muerte física que llega años después de una muerte cerebral, de una muerte biográfica, de una ausencia, de un vacío, de una nada, de un largo paréntesis, de un coma vigil. Pienso que no merecía un final tan injusto. Hace algunos años, inició la pérdida progresiva de su memoria portentosa; afortunadamente dejo tras sí, una vida de compromiso con la ciencia, descripción de nuevos cuadros clínicos y de enseñanzas, siendo el médico que formó más fellows en neurooftalmología en los Estados Unidos. Quizá reconforta saber que no está sufriendo, pero ya no habrá para él un sol de justicia atravesando su ventana frente a la majestuosa Bahía de Sausalito… a un costado de San Francisco, la de California…

Uno de los grandes pilotes de la fundación de la Medicina Clínica y orgullo de generaciones médicas pasadas, está en vías de extinción… El cultivo de la observación a la vera del enfermo que él cultivó con eficacia, basamento de la ‘mirada médica’, parece que no pervivirá en medio de la prisa, el tiempo contado, la despersonalización del enfermo y la abundosa tecnología que signa el ejercicio médico de nuestro tiempo. El toque de difuntos parece tocar pues, en los inicios del Siglo XXI, anunciando la muerte definitiva de una manera de ver y hacer.

La mirada médica, en lo general, fue el resultado de centurias de fina observación y refinamiento, consolidación y hasta descarte de lo observado. En lo particular, es el aprovechamiento en el bien superior del enfermo, de lo por otros ya observado y de lo nuevo que haya de observarse, mediante un metódico e inacabable ejercicio del mirar, entendiendo por ello, un concepto más amplio, la conjugación del aporte de los cinco sentidos echados al vuelo con inteligencia y desprejuicio.

 

Zadig, Mentor y William F. Hoyt, MD

 Rafael Muci-Mendoza, MD, FACP.*

 

Inspirado en la traducción francesa de “Las mil y una noches”, Voltaire (François Marie Arouet, 1694-1778), escribió entre muchos otros, una serie de cuentos llamados filosóficos; algunas veces, nada más que un apólogo con su moraleja incluida. Uno de sus personajes, Zadig, a pesar de ser rico y joven, sabía moderar sus pasiones, no aparentaba ser lo que no era, no quería tener siempre la razón y sabía comprender las debilidades de los hombres. Era generoso y no temía dar a los ingratos. Agraviado por las injusticias de sus iguales, se retiró a una casa en las riberas del Éufrates donde buscó la felicidad en el estudio de la Naturaleza, ese libro que Dios ha desplegado ante nuestros ojos para que descubramos su grandeza. Estudió las propiedades de los animales y de las plantas, y muy pronto, adquirió una sagacidad que descubría mil diferencias, allí donde los hombres no veían nada que no fuese uniforme.

En el capítulo III, “El perro y el caballo”, se da cuenta del portento observacional de Zadig, quien fuera capaz, basándose en rastros ignorados por todos, dejados en el polvo y en la arena del camino describir claramente, como si los tuviera frente a sus ojos, al caballo del rey y la perra de la reina. El método Zadig ha sido empleado a lo largo de la historia médica por clínicos de filigrana de la talla de Joseph Bell, preceptor de Sir Conan Doyle, ,médico, quien volcó las dotes de diagnosticador de su mentor en su personaje de ficción, el detective aficionado Sherlock Holmes. Decía Bell, “La importancia de lo infinitamente minúsculo es incalculable”.  Sir William Osler, padre de la moderna medicina interna, fue también un gran entusiasta del método observacional de Zadig que bondadoso, transmitía a sus alumnos.

 

 

Y la historia sigue así: «Zadig se retiró a una quinta a orillas del Eúfrates, donde no se ocupaba en calcular cuantas pulgadas de agua pasan cada segundo bajo los arcos de un puente, ni si el mes del ratón llueve una línea cúbica de agua más que el del carnero; ni ideaba hacer seda con telarañas o porcelana con botellas quebradas; estudiaba, sí, las propiedades de los animales y las plantas, y en poco tiempo se granjeó una sagacidad que le hacía evidenciar millares de diferencias donde los otros solo uniformidad veían.

Paseándose un día junto a un bosquecillo, vio venir corriendo un eunuco de la reina, acompañado de varios empleados de palacio: todos parecían llenos de zozobra, y corrían a todas partes como locos que andan como buscando lo más precioso que han perdido. Mancebo, le dijo el eunuco principal, ¿visteis al perro de la reina? Respondióle Zadig con modestia: Es perra que no perro. Tenéis razón, replicó el primer eunuco, y prosiguió, ¨es una perra fina muy chiquita, continuó Zadig, que ha parido poco ha, coja del pie izquierdo delantero, y que tiene las orejas muy largas. ¿Con que la habéis visto? dijo el primer eunuco fuera de sí. No por cierto, respondió Zadig; ni la he visto, ni sabía que la reina tuviese perra alguna.

Aconteció que por un capricho del acaso se hubiese escapado al mismo tiempo de manos de un palafrenero del rey, el mejor caballo de las caballerizas reales, y andaba corriendo por la vega de Babilonia. Iban tras de él, el caballerizo mayor y todos sus subalternos con no menos premura que el primer eunuco tras de la perra. Dirigióse el caballerizo a Zadig, preguntándole si había visto el caballo del rey. Ese es un caballo, dijo Zadig, que tiene el mejor galope; dos varas de alto; la pezuña muy pequeña; la cola de vara y cuarta de largo; el bocado del freno es de oro de veinte y tres quilates y las herraduras de plata de once dineros. ¿Y por donde ha ido? ¿Dónde está? preguntó el caballerizo mayor. Ni le he visto, repuso Zadig, ni he oído nunca hablar de él.

Ni al caballerizo mayor ni al primer eunuco les quedó duda de que había robado Zadig el caballo del rey y la perra de la reina; condujéronle pues a la asamblea del gran Desterham, que le condenó a doscientos azotes y seis años de presidio. No bien hubieron dado la sentencia, cuando aparecieron el caballo y la perra, de suerte que se vieron los jueces en la dolorosa precisión de anular su sentencia; condenaron empero a Zadig a una multa de cuatrocientas onzas de oro, porque había dicho que no había visto habiendo visto. Primero pagó la multa, y luego se le permitió defender su pleito ante el consejo del gran Desterham, donde dijo así:

Astros de justicia, pozos de ciencia, espejos de la verdad, que con la gravedad del plomo unís la dureza del hierro, el brillo del diamante, y no poca afinidad con el oro, siéndome permitido hablar ante esta augusta asamblea, juro por Orosmades, que nunca vi ni la respetable perra de la reina, ni el sagrado caballo del rey de reyes. El suceso ha sido como voy a contar. Andaba paseando por el bosquecillo donde luego encontré al venerable eunuco, y al ilustrísimo caballerizo mayor. Observé en la arena las huellas de un animal, y fácilmente conocí que era un perro chico. Unos surcos largos y ligeros, impresos en montoncillos de arena entre las huellas de las patas, me dieron a conocer que era una perra, y que le colgaban las tetas, de donde colegí que había parido pocos días hacía. Otros vestigios en otra dirección, que se dejaban ver siempre al ras de la arena al lado de los pies delanteros, me demostraron que tenía las orejas largas; y como las pisadas de un pie eran menos hondas en la arena que las de los otros tres, saqué por consecuencia que era, si soy osado a decirlo, algo coja la perra de nuestra augusta reina.

En cuanto al caballo del rey de reyes, la verdad es que paseándome por las veredas de dicho bosque, noté las señales de las herraduras de un caballo, que estaban todas a igual distancia. Este caballo, dije, tiene el galope perfecto. En una senda angosta que no tiene más de dos varas y media de ancho, estaba a izquierda y a derecha barrido el polvo en algunos parajes. El caballo, conjeturé yo, tiene una cola de vara y cuarta, que con sus movimientos a derecha y a izquierda ha barrido este polvo. Debajo de los árboles que formaban una enramada de dos varas de alto, estaban recién caídas las hojas de las ramas, y conocí que las había dejado caer el caballo, que por tanto tenía dos varas de alzada. Su freno ha de ser de oro de veinte y tres quilates, porque habiendo estregado la cabeza del bocado contra una piedra que he visto que era de toque, hice la prueba. Por fin, las marcas que han dejado las herraduras en piedras de otra especie me han probado que eran de plata de once dineros.

Quedáronse pasmados todos los jueces con el profundo y sagaz tino de Zadig, y llegó la noticia al rey y la reina. En antesalas, salas y gabinetes no se hablaba más que de Zadig, y el rey mandó que se le restituyese la multa de cuatrocientas onzas de oro a que había sido sentenciado, puesto que no pocos magos eran de dictamen de quemarle como hechicero. Fueron con mucho aparato a su casa el escribano de la causa, los alguaciles y los procuradores, a llevarle sus cuatrocientas onzas, sin guardar por las costas más que trescientas noventa y ocho; verdad es que los escribientes pidieron una gratificación.

Viendo Zadig que era cosa muy peligrosa el saber en demasía, hizo propósito firme de no decir en otra ocasión lo que hubiese visto, y la ocasión no tardó en presentarse. Un reo de estado se escapó, y pasó por debajo de los balcones de Zadig. Tomáronle declaración a este, no declaró nada; y habiéndole probado que se había asomado al balcón, por tamaño delito fue condenado a pagar quinientas onzas do oro, y dio las gracias a los jueces por su mucha benignidad, que así era costumbre en Babilonia, ¡Gran Dios, decía Zadig entre sí, qué desgraciado es quien se pasea en un bosque por donde haya pasado el caballo del rey o la perrita de la reina! ¡Qué de peligros corre quien a su balcón se asoma! ¡Qué cosa tan difícil es ser dichoso en esta vida!

El término Mentor tiene una historia sobresaliente: François de Salignac de la Mothe-Fénelon, Arzobispo de Cambrai, escribió en 1699, un libro para ayudar a la educación de sus alumnos intitulado, “Aventures de Télémaque” (Las Aventuras de Telémaco). Siendo entonces tutor de Luis, Duque de Burgundy, nieto de Luis XIV y heredero del trono de Francia, el Arzobispo crea una continuación de “La Odisea” en la cual el joven Telémaco viaja en la búsqueda de su padre Ulises (Odiseo), quien no había retornado a su reino de Ítaca al finalizar la guerra de Troya. El joven no viaja solo, tiene un acompañante, un venerable sabio llamado Mentor. En realidad, Mentor era la transfiguración de la Diosa Minerva (Palas Atenea), hija de Zeus –a quien igualaba en sabiduría- y de Metis, personificación de la astucia. Se le atribuía la invención de las ciencias, del arte y de la agricultura. Mentor le proporciona a Telémaco, juiciosa protección sobrenatural y sabios consejos. Por su influencia, madura el alma del joven, así que puede crecer y transformarse en un rey fuerte y justo. Poco antes de que Telémaco encuentre a su padre, Mentor percibe que su función está por terminar… A su partida, Minerva se revela a sí misma, diciéndole, “Te dejo, hijo de Ulises, pero mi sabiduría nunca te abandonará hasta tanto percibas que tienes poderes sin ella. Es tiempo de que inicies el camino solo…”

¿Qué es pues un mentor? El término proviene del latin, ‘mens’: mente, alma, mente divina. El mentor es aquel que la Biblia define como “un dador feliz”, un maestro que no regurgita el conocimiento, que muestra con su praxis un modelo con el cual el pupilo pueda identificarse; pero además, también proporciona a su protegido la facultad para que piense, para que aprenda por sí mismo, modifique el modelo presentado y por ende, crezca en lo humano, en lo espiritual y en lo científico. Durante este proceso, tantas veces doloroso – ¡si lo sabré yo!-, el mentor acompaña y protege a su pupilo.

Una vez completada su misión, lo deja solo para que enraíce, florezca y de hermosos y nutritivos frutos. A su partida, y desde lo lejos, el mentor mirará a sus alumnos con ojos atentos, solícitos y afectuosos, y estará siempre presto a dar la ayuda, sea espontánea o solicitada. La sabiduría del mentor permeará la vida de su pupilo, quien más tarde, él mismo también, devendrá en mentor. Los principios básicos de educación, honestidad ciudadana y científica, moral, ética, disciplina y respeto, propenderán al crecimiento, y mediante su repetición, se perpetuará al través de las generaciones.

Bill Hoyt, o Bill a secas, como atrevidos todos quisiéramos llamarle, ha sido un sólido maestro y un respetable mentor. Tantos que han entrado en contacto con su recia personalidad, nunca más han sido lo que fueron. Todo cuanto toca, reluce con la ciencia que inspira y se transforma positivamente. Modestamente, él contesta que nada hizo, que cada uno de sus alumnos trajo su inteligencia y sus potencialidades. Pero realmente disiento de su humildad. Así como mi vida personal y familiar cambió para bien al influjo de su presencia, no tengo la menor duda de que sucedió igual con otros que le han conocido y le tratan, e inclusive con otros muchos que nunca han sido sus alumnos o le conocen personalmente.

Encuentro similitudes entre Zadig – el personaje de Voltaire-, y Bill Hoyt. Bill es la transfiguración del método Zadig. Como aquél, ha buscado la sabiduría y felicidad en el estudio de la naturaleza humana enferma, encontrando verdades a otros vedadas que son suyas, adquiriendo una sagacidad que le descubre mil diferencias, allí, donde los demás no ven nada que no sea uniforme. El desciframiento de jeroglíficos clínicos ha sido su pasión. El oído erudito y la pregunta apropiada que lleva al diagnóstico, la maniobra semiológica simple que se adelanta a la fina tecnología, la indicación precisa del examen que desvela la enfermedad, su plegaria e insistencia a una búsqueda del diagnóstico que es pasado por alto por el examen neurorradiológico, nos lleva a su definición del paciente neurooftalmológico: «aquel, que teniendo una enfermedad real, muestra exámenes neurorradiológicos normales».

Nos advierte así, la necesidad de refinar la simple profundidad, la pulcritud de nuestro examen, con especial énfasis en los detalles. Recuerdo me decía, “Raffe, cuida los detalles, pueden arruinar el todo”. Nada extraño Bill, se dice que “Dios está en los detalles”. La obra construida por Hoyt, a través de sus enseñanzas y sus numerosísimos artículos científicos que tocan cualesquier área clínica de la neurooftalmología, nos ha enseñado, además, que los conocimientos humanos son casi siempre provisionales, simples hipótesis expuestas a la reflexión, a la crítica y a la modificación.

Recuerdo el libro de tres tomos por él escrito en colaboración con el doctor Frank B. Walsh que reposa en su oficina, la Tercera Edición de Clinical Neuro-Ophthalmology, o simplemente The Book, como, con reverente admiración le llaman sus alumnos, lleno de tachaduras y enmiendas, de llamadas de corrección ante el descubrimiento de que lo que allí se asentó alguna vez, no era correcto. Parece rememorar al filósofo español, Don José Ortega y Gasset que decía, “Siempre que enseñes, enseña también a dudar de lo que enseñas”.

 En su galería de fotos de ¨sobresalientes¨ a un costado de su oficina-flecha negra-, siempre estuvo la mía, tomada por él en una subida al Ávila majestuoso

Es imposible decir que esta corta apología sobre el Maestro no tenga un tono inevitablemente personal y agradecido. Bill Hoyt ha edificado alrededor de sí, una gran familia neurooftalmológica “his family”-, cuyos hijos, nietos y biznietos, se esparcen ya por varios continentes. Latinoamérica, no ha escapado de su bondadoso influjo, y en muchos países de habla hispana y portuguesa, se ha sembrado y ha germinado su simiente, multiplicándose su gran familia de hijos, nietos y biznietos más acá del Río Grande, donde su mensaje y la admiración por su persona han calado profundos…

A lo largo de 39 años, Bill ha sido para mí un cálido y comprensivo Mentor y Amigo, que ha sabido sobreponer su comprensión y su amistad sincera a las siderales distancias que separan su ciencia de la mía..

 ¡Saludemos agradecidos a Bill Hoyt, un emblema luminoso!

Muchas gracias…

 

* Profesor Titular de Clínica Médica, Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. Escuela de Medicina José María Vargas. Director de la Unidad de Neuro-Oftalmología del Hospital Vargas de Caracas. Individuo de Número de la Academia Nacional de Medicina de Venezuela (Sillón IV) y expresidente de la corporación.

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