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Un elogio y un adiós al Maestro Puigbó (1925-2019)…

 

 

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene. Jorge Luis Borges (1899-1986).

 

Cierto día, en medio de una mañana esplendorosa de cielo muy azul y fría temperatura, reminiscente de la navidad pasada, frente al costado este de la Iglesia de San Francisco, surgió ante mi vista un frondoso mamonero macho… Me dio por pensar, ¡Tan fornido como infértil! Muchos alcanzan edades avanzadas fatigados para solamente esperar su sino, pues creen que su misión se ha cumplido y cierran el libro de sus vidas porque su fertilidad parece haberse agotado. ¡Ah malaya! Pero, existen hermosas excepciones…

La Academia Nacional de Medicina a lo largo de decenios se ha nutrido del ejemplo y de los frutos del trabajo y de la producción científica de sus académicos. Ellos han sido el sextante, la brújula y la rosa de los vientos para definir el rumbo de generaciones posteriores y el faro que nos ilumina para guiar nuestras acciones y llegar al buen puerto de la verdad. Hoy día hay quienes pontifican que es una institución muerta, tanto como están sus asociados y la Gaceta Médica de Caracas, la revista biomédica más antigua de Venezuela que no tiene ningún impacto en parte alguna…

La figura del Maestro y amigo de todos, doctor Juan José Puigbó, Individuo de Número, Sillón XL, se erigió como paradigma y ejemplo, y su recuerdo nos invita de continuo a transitar su senda y continuar adelante para llevar siempre a la Academia en pos de sus mejores destinos. Su figura y su bonhomía se alzaron como sinónimos de compromiso, como ícono de pasión creadora, de meditación, de erudición y del amor por el academicismo que deja siempre, como huella indeleble, impreso en sus actos creadores; un comportamiento señero en permanente ebullición implícito a su excepcional personalidad.

Se nos fue el doctor Puigbó, un día durante el sueño fue llamado como un pagaré, vencido y sin protesto, pero nos deja su legado de sabiduría, memoria excepcional y experiencia acumulada de polímata, término que viene del griego polimathós, que quiere decir «el que sabe muchas cosas». Fue un polímata, pues, respondió al ideal renacentista del Homo universalis o erudito de amplio espectro, una persona que sabe de todo y en profundidad.

Se enfrentó al único enemigo capaz de derrotarlo, ese titán invencible: el tiempo, al cual trató de distraer porque cuando aparecía su último libro, tenía otro bajo la manga. Comprendió que la vida jamás debía detenerse más allá de las circunstancias históricas imperantes, a menudo adversas, como el fallecimiento de su querida Alicia y el mal demencial que la envolvió, permitiéndole apenas si retener arias operáticas cuando todo su pertrecho cognitivo se había evaporado por completo, cuando su cerebro era reemplazado por placas neuríticas de beta-amiloide y ovillos interneuronales de enrollados filamentos de proteína Tau citoesquelética…

Recuerdo una vez que me encontraba en un banco, y por casualidad oí a una secretaria explicar a una cliente de edad avanzada las ventajas de un depósito a plazo fijo. Cuando oyó que su dinero estaría ¨bien guardado¨ durante dos años, la anciana protestó:

¨ ¿Dos años?, a mi edad jovencita ni siquiera compro plátanos verdes¨.

Cuando Puigbó tenía 90 años y habiendo quedado viudo por algún tiempo, decidió mudarse a una nueva casa. No sólo mudó su extensa biblioteca, sino que contrató una bibliotecaria para que organizara sus libros como si su fin no estuviera cerca, como si nunca hubiera de morir… porque curioso y obstinado, él vivía sus días intensamente y no tenía tiempo para pensar en finales…

Hombre bonachón, de buen talante, lúcido verbo, sabiduría universal, de bonhomía desbordante, gran capacidad de labor, escritor fecundo, mejor amigo y consejero en momentos difíciles. Harto de conocimientos compartidos con bondad, corpulento, decidor y contador de deliciosas anécdotas que iba hilando sin pausa hasta completar un tapete de profunda y hermosa urdimbre. Su alma de niño asombrado traslucía con cada descubrimiento que hacía. El filósofo, el cardiólogo investigador, el ensayista, el cultivado de la ópera y de la música clásica, el coleccionista de libros que con fruición atesoró, leyó y compartió, viajero trashumante…

Como un Atlas llevó sobre sus hombros la bóveda celeste de sus innumerables pasiones, y cuando, fatigado por el trajín existencial, el cabello escaso, la respiración corta y fatigosa y las fuerzas debilitadas, reclamaban el descanso, para pena de todos, la muerte vino a su encuentro para despojarle de tan pesada carga…

Lo hubiéramos querido para siempre, pero de haber sido así, nosotros tampoco estaríamos pues en el mundo de los inmortales no hay lugar para los mortales. Ya los griegos, en el mito de Titono mortal, contaban que Eos o Aurora –en la mitología latina-, le había pedido a Zeus que le concediera la inmortalidad a su enamorado, pedido que el padre de los dioses concedió. Sin embargo, a la diosa se le olvidó pedir también la eterna juventud, de modo que Titono fue haciéndose cada vez más viejo, encogido y arrugado, hasta que se convirtió en cigarra,  o según otras versiones en grillo. Así, cada vez que Aurora se despierta por la mañana y llora, produce el rocío con sus lágrimas y el pobre de Titono de las mismas, sacia su sed … Según una antigua creencia cuando le preguntan qué desea, el pobre de Titono responde en latín: Mori, mori, mori que significa morir, morir, morir

Acogimos con beneplácito el placer de su amistad, los frutos de su intelecto y siempre agradeceremos su presencia, sus comentarios siempre lúcidos, su orientación, sus consejos y el mensaje afirmativo de la fertilidad del intelecto, que no se extingue con los años…